jueves, 4 de abril de 2013

#0076: Réquiem I


Recuerdo una casa grande, más grande que yo y que muchos. Una casa que no tenía techo, ni paredes, sin colores o tal vez con todos ellos. Mi memoria juega con los pensamientos y me hace creer que era todos los lugares en uno solo y al mismo tiempo era un hogar.


Difícil es describir un hogar así, tal vez era del tamaño de un ladrillo, o podía construirse con muchos de ellos. Sin duda ese hogar, aquella gran casa, estuvo tapizada de sueños. Sueños en común, sueños particulares, un par de pesadillas y otros sueños demasiado privados que estaban bajo la alfombra, si es que la hubo, de una vieja y polvorienta, o nueva y reluciente sala de estar, o no estar.

Con todo o nada de lo que había, la libertad era absoluta, caminamos y corrimos sin miedo de tropezar o caer. También tropezamos y caímos sin apuro de volver a caminar o correr. Una cosa a la vez. 

Y crecimos casi a la par, aprendiendo el uno del otro y el otro del uno. La izquierda y la derecha se unían en un devenir infinito y no hubo espacio sin recorrer. Las manos al centro, una sobre la otra: la que da, la que recibe, tres aplausos y un apagón. 

El tiempo pasó, y la falta de límites se hizo presente. Mis piernas buscaban descanso y mi mente cansancio, mis ojos las letras, mis oídos el silencio. Abandoné el hogar y caminé hacia la luz. Un primer paso tambaleante, otro con fuerza, dos silenciosos, diez plenos de ruido. Abriendo camino por selvas, montes y praderas, fría estepa y árido desconsuelo. 

El tiempo se detuvo, y todo fue perfecto. Como un círculo, como una gota de agua, como un punto en el audaz eje de las emociones. Mis manos, mis piernas, mi cuerpo estaban en perfecta armonía, como cuando se está en el umbral, casi durmiendo. 

Y la libertad llamaba a la puerta, porque los límites también cansaban, a mi espíritu, a ese aliento que me hace pensar en la trascendencia, en aquello que siento que no morirá con el cuerpo. Era hora de volver.

Tormenta en el árido desconsuelo, ahogo en la fría estepa, praderas, montes y selvas se volvían obstáculos imponentes al dolor de mis músculos agarrotados y muertos. Diez pasos de ruido, seguros; dos silenciosos, vergüenza; un paso con fuerza, dolor y un paso tambaleante, llegué. Una escalera me separa de mis sueños y cada peldaño es una yaga, mi nerviosismo se traduce en lágrimas. Me detengo y lo pienso dos veces. ¿Es lo que quiero? ¿Quiero realmente encontrarme con una verdad que ya conozco? El masoquismo responde.

Mi hogar, que parecía infinito, ya no estaba en su lugar, no lo reconocía. Los rostros eran casi en su totalidad conocidos, pero todos los sueños tapizados y los que busqué debajo de la no-alfombra, no estaban. Cada uno había tomado el suyo y lo restauró, se hicieron uno solo y volvieron a tapizar con su presencia el hogar, con la intención de salir a repartir el fruto cosechado. 

Cómo no extrañar el crecer al mismo tiempo, compartir las ovaciones y sentirse parte de algo más grande que uno mismo. Cómo olvidar cada segundo de cansancio, cada gota de sudor sobre la cerámica blanca y un viejo escenario que recibe la sangre como ofrenda de tanto talento. Cómo resignarse, y lo pregunto para que alguien me responda: ¿Cómo resignarse a la pérdida del rumbo, a transformarse en uno menos y no en uno más? La única respuesta la conocí hace un par de días...

Mi tapiz se desvaneció, se volvió polvo que el viento arrastró. Una sombra siquiera hubiese bastado, pero no quedaba nada. Como aquello último a lo que uno se aferra en caso de emergencia, ese pedazo de cielo, estaba muerto.

Mi mayor temor se hizo realidad, y recuerdo nuevamente cuál es. Salir un día y volver, solo para encontrarme con una casa vacía. Observo el apagón en todas sus direcciones, a falta de otras, junto mis propias manos, aplaudo tres veces... Y sigo aquí, a oscuras.