miércoles, 1 de mayo de 2013

#0077: Feel again

En estos días ya casi no tiene sentido mirar al cielo, a veces nublado, a veces no. El cuerpo se cansa de intentar mantener la cabeza inclinada y dejarse cegar por el blanco resplandor de lo alto. Mirar en ese vacío y construir un futuro imaginario, dar vueltas una y otra vez a planes que tienen sentido solo en el ímpetu, en los anhelos adolescentes y torpes.

Comienzo a escuchar una canción que da vueltas hace mucho en mi vida. Me dice lo que estuvo bien y lo que no fue así. Me llama a cambiar algo de mí que finjo no conocer. Un llamado a la inseguridad.

La música inunda mis oídos y parece una sinfonía que se mezcla con lo electrónico, como ese sentimiento que se cree es amor y luego resulta ser solo la representación frenética de un mal recuerdo que se repite como una cinta vieja en un proyector ruidoso.

Cada paso caminado me transporta lentamente a la vida que creí olvidada, a los momentos más oscuros, pero más cercanos a a luz, a la verdad. Si quisiera mirar atrás con detención podría no reconocerme y ese temor se aloja como un parásito en mi mente.

Una canción que me dice lo que necesito entre vocales cerradas. Un sentimiento tal vez, una emoción que dure un segundo. La respuesta más clara a mis dudas, un 'no' rotundo que me cueste la vida. Un 'sí' que me deje inconforme. Un relativo que me mantenga calmado y nervioso, relativamente hablando.

La música avanza a un coro que me invita a ser parte de mí mismo, a ser consecuente con cada decisión que no tomé, o a retractarme de aquellas que significaron solo dolor y apariencias. Muchos se preguntan el verdadero significado de estar en el medio de algo, entre dos caminos que parecen idénticos, pero que representan lo contrario, felicidad y culpa mezcladas.

El deseo de pender, de dejarse caer en unos brazos que acojan, dejarse llevar, morir en los brazos... La eterna sonrisa de mi mente y mis ojos ante el mundo, el poco valor... La falta de iniciativa, incluso ante mis propios estímulos. Ese deseo, torpe y adolescente, pero puro...

Sentado en el puente entre la quinta y la sexta espero llorando ese último coro, que parte del silencio sepulcral, ese silencio imbécil que no te deja pensar en nada más que en el mismo silencio, silencio, silencio... Tomar impulso y a la cuenta de tres... ¡Tres! Lanzarse al vacío pensando en las dos opciones que me deja la memoria... 

¿Es esto un vaiente salto en bungee o es un cobarde suicidio? ¿Ambas? ¿Ninguna?

Sea el dolor, quiero sentir de nuevo.

jueves, 4 de abril de 2013

#0076: Réquiem I


Recuerdo una casa grande, más grande que yo y que muchos. Una casa que no tenía techo, ni paredes, sin colores o tal vez con todos ellos. Mi memoria juega con los pensamientos y me hace creer que era todos los lugares en uno solo y al mismo tiempo era un hogar.


Difícil es describir un hogar así, tal vez era del tamaño de un ladrillo, o podía construirse con muchos de ellos. Sin duda ese hogar, aquella gran casa, estuvo tapizada de sueños. Sueños en común, sueños particulares, un par de pesadillas y otros sueños demasiado privados que estaban bajo la alfombra, si es que la hubo, de una vieja y polvorienta, o nueva y reluciente sala de estar, o no estar.

Con todo o nada de lo que había, la libertad era absoluta, caminamos y corrimos sin miedo de tropezar o caer. También tropezamos y caímos sin apuro de volver a caminar o correr. Una cosa a la vez. 

Y crecimos casi a la par, aprendiendo el uno del otro y el otro del uno. La izquierda y la derecha se unían en un devenir infinito y no hubo espacio sin recorrer. Las manos al centro, una sobre la otra: la que da, la que recibe, tres aplausos y un apagón. 

El tiempo pasó, y la falta de límites se hizo presente. Mis piernas buscaban descanso y mi mente cansancio, mis ojos las letras, mis oídos el silencio. Abandoné el hogar y caminé hacia la luz. Un primer paso tambaleante, otro con fuerza, dos silenciosos, diez plenos de ruido. Abriendo camino por selvas, montes y praderas, fría estepa y árido desconsuelo. 

El tiempo se detuvo, y todo fue perfecto. Como un círculo, como una gota de agua, como un punto en el audaz eje de las emociones. Mis manos, mis piernas, mi cuerpo estaban en perfecta armonía, como cuando se está en el umbral, casi durmiendo. 

Y la libertad llamaba a la puerta, porque los límites también cansaban, a mi espíritu, a ese aliento que me hace pensar en la trascendencia, en aquello que siento que no morirá con el cuerpo. Era hora de volver.

Tormenta en el árido desconsuelo, ahogo en la fría estepa, praderas, montes y selvas se volvían obstáculos imponentes al dolor de mis músculos agarrotados y muertos. Diez pasos de ruido, seguros; dos silenciosos, vergüenza; un paso con fuerza, dolor y un paso tambaleante, llegué. Una escalera me separa de mis sueños y cada peldaño es una yaga, mi nerviosismo se traduce en lágrimas. Me detengo y lo pienso dos veces. ¿Es lo que quiero? ¿Quiero realmente encontrarme con una verdad que ya conozco? El masoquismo responde.

Mi hogar, que parecía infinito, ya no estaba en su lugar, no lo reconocía. Los rostros eran casi en su totalidad conocidos, pero todos los sueños tapizados y los que busqué debajo de la no-alfombra, no estaban. Cada uno había tomado el suyo y lo restauró, se hicieron uno solo y volvieron a tapizar con su presencia el hogar, con la intención de salir a repartir el fruto cosechado. 

Cómo no extrañar el crecer al mismo tiempo, compartir las ovaciones y sentirse parte de algo más grande que uno mismo. Cómo olvidar cada segundo de cansancio, cada gota de sudor sobre la cerámica blanca y un viejo escenario que recibe la sangre como ofrenda de tanto talento. Cómo resignarse, y lo pregunto para que alguien me responda: ¿Cómo resignarse a la pérdida del rumbo, a transformarse en uno menos y no en uno más? La única respuesta la conocí hace un par de días...

Mi tapiz se desvaneció, se volvió polvo que el viento arrastró. Una sombra siquiera hubiese bastado, pero no quedaba nada. Como aquello último a lo que uno se aferra en caso de emergencia, ese pedazo de cielo, estaba muerto.

Mi mayor temor se hizo realidad, y recuerdo nuevamente cuál es. Salir un día y volver, solo para encontrarme con una casa vacía. Observo el apagón en todas sus direcciones, a falta de otras, junto mis propias manos, aplaudo tres veces... Y sigo aquí, a oscuras.

domingo, 20 de enero de 2013

#0075: Directo al cielo

El camino no es elegante, las calles de Recoleta que se mezclan con las de El Salto lúgubres como nunca y ya casi oscurece del todo. Diferentes a los pasos de letargo que caracterizan los lunes por la tarde, el caminar del hombre taciturno mezclan pasos arrastrados, golpeados, sonoros y mudos. La mujer de la desilusión espera el regreso de esos pasos, mientras intenta limpiar para no perder el tiempo, desea en lo más profundo que alguien destroce algo para romper el silencio incómodo que impera en la casa negra y distraerse. El hombre taciturno no piensa en su mujer de la desilusión, piensa en la otra mujer de su vida, la mujer vacía que a su vez espera al hombre ausente. En realidad, lo dejó de esperar ya, no tiene sentido, ahora menos que nunca.

El hombre taciturno casi concluye su viaje, sin levantar la cabeza, no hace falta mirar más que los pasos, porque el camino es innecesariamente simple. La mujer vacía revisa cada espacio de la habitación pastel, intentando reconstruir cada momento que sirva de consuelo ante la irreversible condición que le aqueja. Ya cayó un jarrón, no por accidente, que la mujer de la desilusión recoge pieza por pieza, para luego tirarlo en el cesto de la basura, junto con su tiempo, con su vida.

La casa negra esperaba visitas, por eso la habitación pastel que yace compartiendo silenciosamente el dolor de la mujer vacía. El hombre taciturno entra en el local vacío, saluda, pide, paga y se va; ocupa la menor cantidad de palabras, los hombres taciturnos hacen eso, de lo contrario serían hombres tristes. El hombre triste no aparece aquí, es un hombre ausente. Saldría de espaldas del local vacío, para fingir que el tiempo retrocede, que en sus manos no lleva el dolor, pero en las calles de Recoleta que se mezclan con las de El Salto es preferible caminar de frente, por si cabe alguna duda. Ya a mitad de camino entre el local vacío y la casa negra, donde espera la mujer de la desilusión junto al cesto de la basura y la mujer vacía en el cuarto pastel, las miradas de la gente cansada no ayudan en el regreso del hombre taciturno a la casa negra. Un porqué más se suma a la intriga subyacente, ¿por qué miran más a la gente que parece triste, cuando solo se trata de gente taciturna?

La mujer vacía no entiende el motivo, el primer castigo llega en forma de abandono, el segundo consiste en el no arribo y el tercero es la tortura absoluta. Contando con ambas manos, casi falta un meñique para que sean diez meses, y sin embargo no es la mujer feliz, ella tampoco aparece aquí, ella se fue con el hombre ausente. El hombre taciturno llega a su calle sucia, donde se encuentra la casa negra, el cuarto pastel y el cesto de basura que acompaña a la mujer de la desilusión, que siente los pasos de lunes por la noche que son diferentes a los pasos de letargo que caracterizan a los lunes por la tarde en las calles de Recoleta que se mezclan con las de El Salto. 

Entra y lo observan, lloran. Una cierra la puerta, la otra calla y se sienta. El hombre taciturno muestra su compra y la coloca sobre el sillón polvoriento. El féretro blanco ilumina todo, en él, el Ángel emprenderá el viaje al cielo real, el que está sobre las nubes tóxicas, sin escalas. La mujer vacía guardó en su vientre la encomienda, durante casi un meñique para los diez meses, solo para verla partir. 

El cielo real, el que está sobre las nubes tóxicas, se prepara para iluminar la calle sucia, una de las calles que de Recoleta que se mezclan con las de El Salto, donde está la casa negra del hombre taciturno y la mujer de la desilusión, con el cuarto pastel donde llora la mujer vacía, mientras cuenta que con ambas manos casi falta un meñique para que sean diez meses, y el cesto de basura que ahora pasó a segundo plano, porque la atención está sobre el sillón polvoriento que sostiene el féretro blanco del local vacío, desde donde los pasos de esta familia, donde no está el hombre ausente ni la mujer feliz, caminan con los típicos pasos cansados de martes por la mañana, que en nada se parecen a los pasos de letargo que caracterizan a los lunes por la tarde. 

miércoles, 16 de enero de 2013

#0074: Ahora

Es distinto a cualquier otro momento. Siempre he pensado que las oportunidades rigen a las personas. Yo, en lo personal, he esperado toda mi vida por una oportunidad, pero si es que ha llegado, tal vez no la he sabido distinguir. El caso está en que mi existencia se reduce a repetir patrones de conducta, rutinas, frases hechas. Y este momento es distinto, muy especial. Pocas veces digo la palabra 'ahora', porque es una palabra precisa, que no denota inmediatez necesariamente, está más relacionada, en mi caso, con una sensación permanente de empuje. Sentir que el viento te lleva y que no puedes retroceder, porque perderás algo.

Un año que queda atrás, otro que empezó, pero muchas cosas que quedan pendientes, como siempre. Ojalá se tratara de volver a intentar  una y otra vez, pero estoy harto de eso. Quiero correr un riesgo, hacer lo que me gusta, tomar las riendas de mi vida, pero no es el momento de eso. Sí es el momento de otras cosas, de decir 'quiero', de decir 'amo', aunque cueste.

Nunca estaremos de acuerdo en si fue un buen año o no, pero para mí fue simplemente un año raro. El tiempo pasó rápido, los fracasos se olvidaron, o al menos se detuvieron en algún martes o miércoles, qué se yo. Y mi memoria falla una vez más, recuerdo lo importante, sin fechas ni horarios.

Recuerdo una conversación larga, estar despierto muchas horas esperando que ocurriera algo. Recuerdo un par de abrazos, un saludo frío, un par de sonrisas mutuas, miradas que iban y venían. Recuerdo una caricia, que en su momento no entendí, una conversación más corta, pero más profunda, un consejo. Recuerdo una promesa, que cumplí. Recuerdo un compromiso, que aún está pendiente. Recuerdo una canción, aunque es imposible olvidarla porque la escucho a diario, desde hace mucho tiempo.

Y es casi inevitable realizar la comparación odiosa, como el café importado y el de máquina, que despiertan por igual pero cuestan distinto. Comparo, te comparo con mis fallidas experiencias intentado hacer más estrecho un río de cauce indomable, querer manejar la vida de alguien creyendo en proyectos que no soy capaz de sostener. 

Me reprocharé por siempre no haber entendido mis propios pensamientos en aquellos momentos, pero 'ahora', tengo claro mi sentimiento, mis acciones futuras. Tuve miedo de la muerte no hace mucho, pero recordé que una buena forma de pensar en el futuro con vida, es establecer compromisos y dejar mucho por hacer, con la intención de llegar más allá. 

No dejaré de agradecer el regreso de las sensaciones de antaño, la innecesaria timidez, la torpeza al momento de hablar, las noches sin dormir. Mi conciencia trama algo, tal vez sea un plan maestro, tal vez un gran error.

¿Qué necesito? Que por primera vez los labios de alguien sepan decir 'lo hiciste bien'. Ahora es el momento, el momento de tomar...

Toma tu vida y dale un giro... Toma una maleta y viaja... Toma un camino y síguelo... Toma la mano de la persona que ames y salten juntos... Toma una decisión... Toma un folleto al salir...