domingo, 10 de julio de 2011

#0072: Parábola de las flechas

No hoy, sino con el tiempo aprendí algo hoy. Más allá de las complicaciones evidentes de explicarme en esta posición, prefiero atacar lo que nadie ataca y llevarme a la tumba mi opinión respecto de lo que todos comentan.

Recuerdo haber iniciado mi viaje tiempo atrás, corriendo contra el tiempo como siempre, las calles se empapaban y el viento marchaba en contra, como golpeando mi rostro con gotas de frío placer culpable. Mis labios tenían ese ligero gusto a café que se percibe precisamente cuando no se ha tomado una gota de café en días. Las noches anteriores no fueron gratas, ni lo contrario. Imposibles de describir, porque solo tomamos un momento de nuestras noches para hacer relatos, cuando la luna se encuentra llena, cuando las estrellas brillan mas, cuando no podemos ver nada. Y olvidamos que en otro lugar del mundo al azar, como por sincronía irónica, la luna se encuentra menguante, las estrellas se opacan cada minuto más y finalmente descubrimos que nadie ve un muermo en ningún lugar sino hasta cuando no encontramos de qué valernos para escribir.

Y mis noches fueron completas, viviendo cada segundo y sin hacer algo de real utilidad. Es que en realidad no sirvo para hacer solo una cosa y probablemente cuando descubra como hacer solo una cosa, comenzaré otro viaje por mi mente para lograr hacer al menos esa cosa bien. Pero no fue esa noche, de contar del uno al seis sin pestañear, soñando con imposibles, queriendo dar un giro inesperado que colme mis ansias de sentirme narrado, subyugado a una realidad con un final, que feliz o no, podré conocer. Y vuelvo al punto de partida, siempre supe que moriría joven y nunca hice algo para trascender, o para sentirme conforme a la hora de partir. Esa hora maldita que se presenta de improviso, que como el fuego, destruye y consume, luego se apaga y los rastros los borra el tiempo.

Apurado estaba cuando subí a mi caballo para correr y correr por las calles y avenidas, contra el tránsito, esquivando mi pasado, mis malas costumbres, saltando los obstáculos naturales de mi forma de ser. Jamás me ha gustado reconocer que no tengo idea de lo que estoy haciendo hasta que me detengo un segundo para seguir haciéndolo. De ese modo, tras comenzar el viaje descalzo de mi corcel, me pierdo buscando una dirección exacta, un indicio de tierra firme, difícil de hallar luego de la erosión de la lluvia maldita que me tenía acorralado.

Frente a mis ojos, el castillo, impávido; como inerte. Sabía que era tarde, pero deteniéndome no retrocederían las manecillas del reloj. Busco el lugar de siempre y recuerdo que para un ‘siempre’ debió haber un ‘antes’ y comienzo con mi altanería de querer aparentar una conducta correcta para que no se notase mi desorientación.

Y he allí el mejor amigo de los desorientados, las flechas. Y lo importante, todas las flechas apuntaban en la misma dirección, y en todo momento pueden hacerlo, solo debe saberse en que lugar situarlas.