jueves, 23 de junio de 2011

#0071: El hijo pródigo (pt. 1)

Mi primo Rafael volvía de Europa. Los momentos vividos con él en la hacienda aun permanecían en mi mente, intactos. No hubo verano en que no saliéramos a recorrer el campo haciendo carreras, sin duda que no representaba ningún tipo de competencia  para él. Era realmente rápido, siempre que repetía eso en las reuniones familiares, Dinora decía que yo tenía toda la razón. Luego, sin intención alguna de ocultar su sarcasmo, repetía mi frase. "Rápido, muy rápido"
Cuando Dinora se volvió a nosotros, su mirada estaba perdida, el auricular golpeaba contra la mesa del teléfono, había vuelto a caer. Rafael ya había colgado. Solo quedaba ese insoportable sonido de suspenso, un tono que parece parpadear en los oídos.

-Va a volver - dijo Dinora.

-Ya era hora - respondió mi tío, luego de un silencio reflexivo.

La mirada de la madre estaba en las ventanas, en la luna, en cualquier lugar menos con nosotros en la sala. Mi ímpetu infantil me dio el permiso de preguntar.

-¿Rafael? ¿Es él quien va a volver?

Mi tío Gaspar me miró y asintió con la cabeza, siempre en silencio.

-Cuando llegue, podremos hacer carreras por el campo. Nunca le he ganado. Es muy rápido.

Dinora volvió a la tierra justo a tiempo.

-Rápido, muy rápido. Tan rápido, que voló lejos de aquí apenas tuvo la oportunidad. Así de rápido.

Mi madre me pidió que me retirara a dormir, a pesar de que era temprano. Recuerdo muy bien que me dijo al oído que aprovechara de descansar, porque al día siguiente podría ver a mi primo.
Subí, el segundo piso olía muy mal, el ambiente estaba denso, no pensé mucho en eso, solo caminé hasta mi cuarto y lo olvidé.

Necesité dar un par de vueltas en la cama antes de dormirme. Y tuve un sueño. No lo sé, de hecho pudo ser un recuerdo, no estoy seguro. Fue como los típicos sueños en los que aparecen elementos que no tienen mucho que ver con la realidad, pero que además te recuerdan a algo que sabes que viviste, pero que no recuerdas cuando.

Y parecía que todos mis sentidos se agudizaban. Puede ser porque llovió esa noche, pero sentía el olor a tierra mojada y veía el campo húmedo y gris, y un par de nubes violeta a lo lejos me recordaban que la lluvia solo puede significar una tarde de sol futura. Corríamos lloviendo hacia los viñedos, y casi lo alcanzaba, pero él dejaba de hacer amagos y corría a velocidad normal, me esperaba un poco después y continuábamos a la par.

Al llegar a los viñedos nos sentamos bajo un pequeño toldo que yacía en ese lugar sin razón aparente. Reíamos mucho, casi sin parar. Y la lluvia continuaba mojando cada centímetro del campo. Me miró directamente a los ojos y descubrí cual era la diferencia entre una lágrima y una gota de lluvia. Es inexplicable.

Yo sentí lo mismo que él, fuera lo que fuera y me acerqué para abrazarlo. Solo en ese momento descubrí que hacía mucho frío. Además sentía miedo, porque la oscuridad se mecía sobre nosotros y no podíamos regresar, la tormenta había comenzado. Un espectáculo de luces sin sonido se movía volviendo el paisaje blanco y violeta otra vez.

Me miró a los ojos, fijamente y me dijo muchas cosas, que yo no podía oír, no sé si eran cosas tristes, pero yo lloraba porque no podía escucharlo, lo abracé con más fuerza y le grité que no entendía nada. Me miró nuevamente y sus ojos me pedían a gritos madurez para afrontar la vida, me tomó por los hombros y me besó en la mejilla, fue un beso largo y el único que de él recuerdo.  Me miró después por última vez y todo se volvía difuso, nos dormimos en silencio, abrazados también, por última vez.

Amanecía y la humedad de mi rostro era fría, desperté en mi cuarto y pude notar que solo había sido un sueño. Dos segundos después, como una suerte de premonición, el auto del tío Gaspar entró hacia el estacionamiento de la casona, sentía los pasos en mi mente, volé escalera abajo y ahí estaba él, igual que siempre. Salté y me abalancé sobre él, me miró mientras resistia mi peso. Una vez abajo, me quedé desconcertado. Antes de que yo le dijera nada, me hablo él a mí.

-¡Volviste!

#0066: Valle Eterno

Reconozco el lugar, reconozco cada centímetro del paisaje, pero me angustia no saber por qué estoy aquí, tan lejos de mi hogar, de mi refugio.

Camino sin cesar para encontrar el camino a casa, pero parece que el camino avanza más rápido que yo, tal vez deba permanecer aquí y solucionar algún asunto oculto en la irónica penumbra de mi mente en un día en que el sol resplandece como lo harían mis ojos ante una vitrina en época de fiestas.

Parece que al fin avanzo, camino y me detengo, observo, me planteo las cosas dos veces, continúo y aparece frente a mí, la triste silueta de un niño, no llora, pero parece que sus ojos están secos de tanto hacerlo, no hay ni una pizca de sonrisa y sus mejillas se hayan marchitas, muertas.

Siento lástima, pena, muchas preguntas me atacan, una tras otra, no logro dejar que una se quede en posición fija para poder comprender en qué estado me encuentro yo mismo, siento lástima, pena.

-¿Quién eres? – Me atrevo a preguntar.

-Soy aquello que fui, un solo rastro de lo que algún día Dios dejó que existiera, huella de algo así como vida, intento de creación. Soy lágrima en tus ojos, soy puño en el más fuerte y lamento en el más débil, anhelo en el crédulo y desesperanza en el hábil.

-No entiendo, ¿Dónde están tus padres?

-Soy sólo yo, no hay nadie que me haya antecedido, ni nadie me sucederá, soy sólo yo. Mis padres, me los arrebataron de una puñalada de espuma y yo creyendo que aún vivían me fui a recorrer los mares y en un esfuerzo por nadar sin saber, me adentré en las aguas y morí tres veces antes de alcanzar la costa, soy sólo yo.

-¡Pero si eres sólo un niño!

-El sufrimiento no discrimina, es un huésped, no pregunta, se aloja en quién lo llama, luego de que llega, no hay nada que pueda hacerse. No niego que haya tenido sueños, pero la distancia entre mi suelo y tu cielo es tan grande, que los girasoles se congelaron y en su propio hielo se quemaron antes de que pudiera mirarlos crecer. Me extraña profundamente, que creyéndote tan listo, me llames niño y no te reconozcas siquiera los ojos, que no te han cambiado, pupilas iguales no hay, las mías son las tuyas. Tal vez quieres negar que reconoces cada lágrima que brota.

-Debo irme, tú lo sabes.

-Por supuesto, no debo hacerte esperar, pero te estrecho la invitación, cuando quieras verte a ti mismo y reconocer tus defectos, estaré aquí flotando, a un lado del camino que parece que avanza más rápido que tú; soy eso que quieres perder, pero a lo que te aferras cada vez que sientes necesidad, soy aquello a lo que temes pero acaricias sintiéndote dueño del universo. Soy dolor en este valle eterno, no moriré hasta que tú mueras y verás que aunque intentes opacarme, no hay forma de hacerlo. No te vas por propia voluntad, yo te dejo hacerlo, porque mientras más te deje avanzar lejos de mí, más puedo jalar de la cuerda.

#0069: Bolero porteño


La noche del viernes pesa en mis hombros y mis ruedas cansadas me llevan casi sin mi conocimiento por las viejas calles de Valparaíso. Camino y subo, a veces también bajo, al lugar que me lleve la brisa.

Entro y me siento, ya es tarde, pero el lugar sigue repleto, jamás se encuentra vacío, cada rincón es cuna de historias infinitas y vestigio del paso del tiempo, que es indolente y que castiga al que osa negarlo.


Me recibe la tía Nancy, la misma que nos vio llegar tantas veces, ahora le sorprende verme solo, sin embargo, el negocio es negocio, me invita a una copa. Prefiero una cerveza, al fin y al cabo es lo mismo.

Entra un cantor con guitarra en mano y comienza con su repertorio, espero no te parezca mentira que cantó, sólo en principio, esas canciones que hicimos nuestras, lo que cantábamos sin miedo al ridículo.

Me baja la pena y se convierte en llanto, la misma Nancy se sienta y me dice: "aquí nadie toma solo". Me acompaña, con una copa de vino, tal vez la misma que me tenía guardada, el cantor sacó del alma La joya del pacífico y ahí lloramos todos, no hubo quién resistiera ese himno. Lo coreamos porque es nuestro y nadie falló, excepto un par de gringos que venían a conocer el museo.

Llorando y llorando, me resistía a mirar aquel lugar, lo único que me mantenía en vela, era recordar nuestros bellos momentos, caminando por calle Esmeralda, el paseo de estos viernes por plaza San Martín, los viajes escurridizos a Playa Ancha y por qué no, nuestras travesías hacia lo inimaginable, de creer que siempre seríamos jóvenes, que la distancia no nos separaría más que físicamente, de pecar de soberbia al querer reunir todo el universo en una fracción de segundo, de detener el mar con nuestras miradas, de querer hacer creer al mundo que nosotros ganamos el juego y que nada nos haría retroceder.

Recordar es mantener vivo el dolor o la dicha. Recuerdo muchas cosas, esta noche que se disuelve en sábado a medida que los segundos se tragan la luna menguante. Recuerdo ese corazón en la arena, recuerdo que lo dibujamos lo más lejos del agua, creyendo que eso lo salvaría de ser borrado, ignorando, tal vez a propósito, que el mar siempre deja todo en su lugar, ¿acaso te fuiste con el mar? Aún te espero.

Espero, como el año nuevo, cuando nos besamos a las doce, creyendo en la superstición estúpida de que eso lo haría durar para siempre, siendo que de tanto besarnos caímos dormidos en el Cerro Los placeres.

Canciones y más canciones, de esas de las micros, cuando nos tocaba ir para Viña y nos quedábamos dormidos en el camino escuchando a cantores como el que ahora me hace mirar a la Nancy como culpándola de no advertirnos que la playa sube y baja sin detenerse, que la vida no es sencilla, que tarde o temprano la capital me tomaría por sorpresa y luego me apuñalaría por la espalda este puerto bastardo que hizo que me olvidaras.

El cantor ya se va, pero yo no estoy conforme, aunque la gente ya comience a dejar el lugar vacío y la Nancy toma una escoba, como anunciándome que ya es de madrugada y que después de las seis tiene que cerrar, aunque sabe que no sería la primera vez que cierra y me deja con la cabeza apoyada, dormida. El lugar ya es mío también, nuestro, quiero decir.

Y yo le pido al guitarrista una cueca vieja, de esas del Aparcoa, ¿te acuerdas? Esa que habla de Viña del Mar, la misma que nombra La piedra feliz. La Nancy suelta la escoba se sienta y me abraza llorando, ahora a mares, puede llenar la costa con las lágrimas que le brotan.

La canción me empieza a dejar solo, como tú. Le doy toda la plata que tengo en los bolsillos, como homenaje más que como propina, hasta a él le saltan un par de gotas de los ojos, se va.

La Nancy me suelta y me explica que la vida a veces es así y que el puerto es bello, pero ingrato, "no hay quién no sufra vivendo cerca del mar", se atreve a decir.

Agacho la cabeza, entendiendo que la Nancy me estaba haciendo aterrizar de esa utopía estúpida de pensar que en algún momento entrarías y nos consagraríamos en beso, y sin querer, sólo por reflejo, miro el lugar que estaba evitando, el rincón, para descubrir con horror que tapaste con una foto de tu matrimonio, la imagen de abrazo que consolidó nuestro amor, aquella que prometimos dejar para que viviera eternamente en un rincón viejo del J. Cruz.