domingo, 24 de abril de 2011

EXTRA: A pesar de todo


El tiempo es cíclico, no hay que olvidarlo; y a pesar de ello, nos engaña, jamás es predecible como la masa esclava de la que somos parte. El engaño, nuestra mayor máscara, la moneda franca, ese maldito recurso universal, nos ha acostumbrado a esperar en vigilia cínica, vacíos por dentro nos derramamos en los templos para adorar, para adorarnos. El culto que se rinde ya no es divino, somos los hijos pródigos que aún no regresan, somos los malagradecidos que huyen del origen, que intentan tirar contra una creación unívoca.
Rezamos y las palabras salen disparadas de nuestras bocas como una orden militar, como un parlamento mal aprendido.
Estoy allí en esa categoría exiliada y tú también, no creas que pronunciar es salvarse, no creas que mirar al cielo es estar arrepentido.
¡Siente vergüenza! Por ese que desearía saber leer o saber rezar para agradecer o pedir, mientras que tú recitas para mantener tu dignidad, perdida ya hace siglos.
¡Siente vergüenza! Por ese que de verdad cree, que de verdad reza, que sin saberlo se encuentra permanentemente en el templo, que no se despega de su dios en ningún momento, de ese aprende, porque es el que mañana te salvará, el que salvará al mundo.
¡Siente vergüenza! De ti mismo, hipócrita.
La fe es un misterio, nadie puede negarlo, pero no es imposible de explicar, no es inalcanzable, no es un tabú. La fe no vale dinero, la fe no te pide intereses, la fe no exige otro techo que tu alma, no vive más que en tu interior.
Hoy hay muchos que viven la fe en su máxima expresión, y son libres. ¿Puedes decir lo mismo tú? Creo que no, probablemente mis palabras sean como polvo que se deshace en el aire para tocar el suelo, sólo te digo, recuerda que tú también fuiste polvo y lo volverás a ser, cuando choques con mis palabras en el suelo tal vez comprendas.
La fe, es como el cielo mismo, es su propio punto de partida y de término, es infinita, imposible de abarcar en una sola mirada, no tiene dimensiones fijas y al mismo tiempo, cabe en un espacio tan pequeño como nuestras almas. O tal vez, sea como una llama, como el fuego mismo, poderoso, nos inunda y nos quema, pero es frágil, capaz de todo pero extinguible.
Es increíble. Contra viento y marea, si el día es radiante u opaco, aunque el día esté lluvioso o soleado, Él jamás nos defrauda. El tiempo no es predecible. Incluso en esta sociedad, en esta maldita democracia, con todo lo que ello implica, con los buses y los pagos, con vicios y virtudes, con tiempo que gastar y tiempo que perder, con escuelas y con cárceles, con iglesias y con antros, con dioses e ídolos, con guerras y treguas, con la paz inexistente, con bombas y carnavales, con Estados Unidos y el mundo, con basura en la televisión, con perversión en Internet, con el prejuicio malparido del que sufro hoy, con mis palabras que se vuelven contra mi, con hombres y mujeres, con niños y niñas, con pecado y más pecado, con todo eso y a pesar de todo, y todos; descubrimos que de nada sirvió querer tapar el sol con un dedo, cerrar los ojos ante la injusticia, predicar con el peor de los ejemplos, hay algo que jamás cambiará, esa es la verdadera fe. Cuando pensábamos que el mundo había enloquecido, que la vida no era segura, que la muerte era el camino, que cada uno había perdido su pedazo de cielo, que en la tierra no mandaba Dios, sino los hombres nacidos por él, cuando creíamos que nada volvería a ser como antes. ¡El mayor de los milagros!
Volvió a resucitar.