jueves, 23 de junio de 2011

#0069: Bolero porteño


La noche del viernes pesa en mis hombros y mis ruedas cansadas me llevan casi sin mi conocimiento por las viejas calles de Valparaíso. Camino y subo, a veces también bajo, al lugar que me lleve la brisa.

Entro y me siento, ya es tarde, pero el lugar sigue repleto, jamás se encuentra vacío, cada rincón es cuna de historias infinitas y vestigio del paso del tiempo, que es indolente y que castiga al que osa negarlo.


Me recibe la tía Nancy, la misma que nos vio llegar tantas veces, ahora le sorprende verme solo, sin embargo, el negocio es negocio, me invita a una copa. Prefiero una cerveza, al fin y al cabo es lo mismo.

Entra un cantor con guitarra en mano y comienza con su repertorio, espero no te parezca mentira que cantó, sólo en principio, esas canciones que hicimos nuestras, lo que cantábamos sin miedo al ridículo.

Me baja la pena y se convierte en llanto, la misma Nancy se sienta y me dice: "aquí nadie toma solo". Me acompaña, con una copa de vino, tal vez la misma que me tenía guardada, el cantor sacó del alma La joya del pacífico y ahí lloramos todos, no hubo quién resistiera ese himno. Lo coreamos porque es nuestro y nadie falló, excepto un par de gringos que venían a conocer el museo.

Llorando y llorando, me resistía a mirar aquel lugar, lo único que me mantenía en vela, era recordar nuestros bellos momentos, caminando por calle Esmeralda, el paseo de estos viernes por plaza San Martín, los viajes escurridizos a Playa Ancha y por qué no, nuestras travesías hacia lo inimaginable, de creer que siempre seríamos jóvenes, que la distancia no nos separaría más que físicamente, de pecar de soberbia al querer reunir todo el universo en una fracción de segundo, de detener el mar con nuestras miradas, de querer hacer creer al mundo que nosotros ganamos el juego y que nada nos haría retroceder.

Recordar es mantener vivo el dolor o la dicha. Recuerdo muchas cosas, esta noche que se disuelve en sábado a medida que los segundos se tragan la luna menguante. Recuerdo ese corazón en la arena, recuerdo que lo dibujamos lo más lejos del agua, creyendo que eso lo salvaría de ser borrado, ignorando, tal vez a propósito, que el mar siempre deja todo en su lugar, ¿acaso te fuiste con el mar? Aún te espero.

Espero, como el año nuevo, cuando nos besamos a las doce, creyendo en la superstición estúpida de que eso lo haría durar para siempre, siendo que de tanto besarnos caímos dormidos en el Cerro Los placeres.

Canciones y más canciones, de esas de las micros, cuando nos tocaba ir para Viña y nos quedábamos dormidos en el camino escuchando a cantores como el que ahora me hace mirar a la Nancy como culpándola de no advertirnos que la playa sube y baja sin detenerse, que la vida no es sencilla, que tarde o temprano la capital me tomaría por sorpresa y luego me apuñalaría por la espalda este puerto bastardo que hizo que me olvidaras.

El cantor ya se va, pero yo no estoy conforme, aunque la gente ya comience a dejar el lugar vacío y la Nancy toma una escoba, como anunciándome que ya es de madrugada y que después de las seis tiene que cerrar, aunque sabe que no sería la primera vez que cierra y me deja con la cabeza apoyada, dormida. El lugar ya es mío también, nuestro, quiero decir.

Y yo le pido al guitarrista una cueca vieja, de esas del Aparcoa, ¿te acuerdas? Esa que habla de Viña del Mar, la misma que nombra La piedra feliz. La Nancy suelta la escoba se sienta y me abraza llorando, ahora a mares, puede llenar la costa con las lágrimas que le brotan.

La canción me empieza a dejar solo, como tú. Le doy toda la plata que tengo en los bolsillos, como homenaje más que como propina, hasta a él le saltan un par de gotas de los ojos, se va.

La Nancy me suelta y me explica que la vida a veces es así y que el puerto es bello, pero ingrato, "no hay quién no sufra vivendo cerca del mar", se atreve a decir.

Agacho la cabeza, entendiendo que la Nancy me estaba haciendo aterrizar de esa utopía estúpida de pensar que en algún momento entrarías y nos consagraríamos en beso, y sin querer, sólo por reflejo, miro el lugar que estaba evitando, el rincón, para descubrir con horror que tapaste con una foto de tu matrimonio, la imagen de abrazo que consolidó nuestro amor, aquella que prometimos dejar para que viviera eternamente en un rincón viejo del J. Cruz.

1 comentario:

  1. :´) me encantó en serio, no pareciera que salira de tu letra, recuerdo como escribías antes, creo que no conocía del todo tu escritura al parecer, en serio me encantó... me dan ganas de ir a la playa ahora mismo y mirar la arena y llorar sin motivos, pero llorar sabiendo que no es de amargura... si no se una extraña felicidad, gracias por comprartir esto conmigo :)

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