domingo, 10 de julio de 2011

#0072: Parábola de las flechas

No hoy, sino con el tiempo aprendí algo hoy. Más allá de las complicaciones evidentes de explicarme en esta posición, prefiero atacar lo que nadie ataca y llevarme a la tumba mi opinión respecto de lo que todos comentan.

Recuerdo haber iniciado mi viaje tiempo atrás, corriendo contra el tiempo como siempre, las calles se empapaban y el viento marchaba en contra, como golpeando mi rostro con gotas de frío placer culpable. Mis labios tenían ese ligero gusto a café que se percibe precisamente cuando no se ha tomado una gota de café en días. Las noches anteriores no fueron gratas, ni lo contrario. Imposibles de describir, porque solo tomamos un momento de nuestras noches para hacer relatos, cuando la luna se encuentra llena, cuando las estrellas brillan mas, cuando no podemos ver nada. Y olvidamos que en otro lugar del mundo al azar, como por sincronía irónica, la luna se encuentra menguante, las estrellas se opacan cada minuto más y finalmente descubrimos que nadie ve un muermo en ningún lugar sino hasta cuando no encontramos de qué valernos para escribir.

Y mis noches fueron completas, viviendo cada segundo y sin hacer algo de real utilidad. Es que en realidad no sirvo para hacer solo una cosa y probablemente cuando descubra como hacer solo una cosa, comenzaré otro viaje por mi mente para lograr hacer al menos esa cosa bien. Pero no fue esa noche, de contar del uno al seis sin pestañear, soñando con imposibles, queriendo dar un giro inesperado que colme mis ansias de sentirme narrado, subyugado a una realidad con un final, que feliz o no, podré conocer. Y vuelvo al punto de partida, siempre supe que moriría joven y nunca hice algo para trascender, o para sentirme conforme a la hora de partir. Esa hora maldita que se presenta de improviso, que como el fuego, destruye y consume, luego se apaga y los rastros los borra el tiempo.

Apurado estaba cuando subí a mi caballo para correr y correr por las calles y avenidas, contra el tránsito, esquivando mi pasado, mis malas costumbres, saltando los obstáculos naturales de mi forma de ser. Jamás me ha gustado reconocer que no tengo idea de lo que estoy haciendo hasta que me detengo un segundo para seguir haciéndolo. De ese modo, tras comenzar el viaje descalzo de mi corcel, me pierdo buscando una dirección exacta, un indicio de tierra firme, difícil de hallar luego de la erosión de la lluvia maldita que me tenía acorralado.

Frente a mis ojos, el castillo, impávido; como inerte. Sabía que era tarde, pero deteniéndome no retrocederían las manecillas del reloj. Busco el lugar de siempre y recuerdo que para un ‘siempre’ debió haber un ‘antes’ y comienzo con mi altanería de querer aparentar una conducta correcta para que no se notase mi desorientación.

Y he allí el mejor amigo de los desorientados, las flechas. Y lo importante, todas las flechas apuntaban en la misma dirección, y en todo momento pueden hacerlo, solo debe saberse en que lugar situarlas.

jueves, 23 de junio de 2011

#0071: El hijo pródigo (pt. 1)

Mi primo Rafael volvía de Europa. Los momentos vividos con él en la hacienda aun permanecían en mi mente, intactos. No hubo verano en que no saliéramos a recorrer el campo haciendo carreras, sin duda que no representaba ningún tipo de competencia  para él. Era realmente rápido, siempre que repetía eso en las reuniones familiares, Dinora decía que yo tenía toda la razón. Luego, sin intención alguna de ocultar su sarcasmo, repetía mi frase. "Rápido, muy rápido"
Cuando Dinora se volvió a nosotros, su mirada estaba perdida, el auricular golpeaba contra la mesa del teléfono, había vuelto a caer. Rafael ya había colgado. Solo quedaba ese insoportable sonido de suspenso, un tono que parece parpadear en los oídos.

-Va a volver - dijo Dinora.

-Ya era hora - respondió mi tío, luego de un silencio reflexivo.

La mirada de la madre estaba en las ventanas, en la luna, en cualquier lugar menos con nosotros en la sala. Mi ímpetu infantil me dio el permiso de preguntar.

-¿Rafael? ¿Es él quien va a volver?

Mi tío Gaspar me miró y asintió con la cabeza, siempre en silencio.

-Cuando llegue, podremos hacer carreras por el campo. Nunca le he ganado. Es muy rápido.

Dinora volvió a la tierra justo a tiempo.

-Rápido, muy rápido. Tan rápido, que voló lejos de aquí apenas tuvo la oportunidad. Así de rápido.

Mi madre me pidió que me retirara a dormir, a pesar de que era temprano. Recuerdo muy bien que me dijo al oído que aprovechara de descansar, porque al día siguiente podría ver a mi primo.
Subí, el segundo piso olía muy mal, el ambiente estaba denso, no pensé mucho en eso, solo caminé hasta mi cuarto y lo olvidé.

Necesité dar un par de vueltas en la cama antes de dormirme. Y tuve un sueño. No lo sé, de hecho pudo ser un recuerdo, no estoy seguro. Fue como los típicos sueños en los que aparecen elementos que no tienen mucho que ver con la realidad, pero que además te recuerdan a algo que sabes que viviste, pero que no recuerdas cuando.

Y parecía que todos mis sentidos se agudizaban. Puede ser porque llovió esa noche, pero sentía el olor a tierra mojada y veía el campo húmedo y gris, y un par de nubes violeta a lo lejos me recordaban que la lluvia solo puede significar una tarde de sol futura. Corríamos lloviendo hacia los viñedos, y casi lo alcanzaba, pero él dejaba de hacer amagos y corría a velocidad normal, me esperaba un poco después y continuábamos a la par.

Al llegar a los viñedos nos sentamos bajo un pequeño toldo que yacía en ese lugar sin razón aparente. Reíamos mucho, casi sin parar. Y la lluvia continuaba mojando cada centímetro del campo. Me miró directamente a los ojos y descubrí cual era la diferencia entre una lágrima y una gota de lluvia. Es inexplicable.

Yo sentí lo mismo que él, fuera lo que fuera y me acerqué para abrazarlo. Solo en ese momento descubrí que hacía mucho frío. Además sentía miedo, porque la oscuridad se mecía sobre nosotros y no podíamos regresar, la tormenta había comenzado. Un espectáculo de luces sin sonido se movía volviendo el paisaje blanco y violeta otra vez.

Me miró a los ojos, fijamente y me dijo muchas cosas, que yo no podía oír, no sé si eran cosas tristes, pero yo lloraba porque no podía escucharlo, lo abracé con más fuerza y le grité que no entendía nada. Me miró nuevamente y sus ojos me pedían a gritos madurez para afrontar la vida, me tomó por los hombros y me besó en la mejilla, fue un beso largo y el único que de él recuerdo.  Me miró después por última vez y todo se volvía difuso, nos dormimos en silencio, abrazados también, por última vez.

Amanecía y la humedad de mi rostro era fría, desperté en mi cuarto y pude notar que solo había sido un sueño. Dos segundos después, como una suerte de premonición, el auto del tío Gaspar entró hacia el estacionamiento de la casona, sentía los pasos en mi mente, volé escalera abajo y ahí estaba él, igual que siempre. Salté y me abalancé sobre él, me miró mientras resistia mi peso. Una vez abajo, me quedé desconcertado. Antes de que yo le dijera nada, me hablo él a mí.

-¡Volviste!

#0066: Valle Eterno

Reconozco el lugar, reconozco cada centímetro del paisaje, pero me angustia no saber por qué estoy aquí, tan lejos de mi hogar, de mi refugio.

Camino sin cesar para encontrar el camino a casa, pero parece que el camino avanza más rápido que yo, tal vez deba permanecer aquí y solucionar algún asunto oculto en la irónica penumbra de mi mente en un día en que el sol resplandece como lo harían mis ojos ante una vitrina en época de fiestas.

Parece que al fin avanzo, camino y me detengo, observo, me planteo las cosas dos veces, continúo y aparece frente a mí, la triste silueta de un niño, no llora, pero parece que sus ojos están secos de tanto hacerlo, no hay ni una pizca de sonrisa y sus mejillas se hayan marchitas, muertas.

Siento lástima, pena, muchas preguntas me atacan, una tras otra, no logro dejar que una se quede en posición fija para poder comprender en qué estado me encuentro yo mismo, siento lástima, pena.

-¿Quién eres? – Me atrevo a preguntar.

-Soy aquello que fui, un solo rastro de lo que algún día Dios dejó que existiera, huella de algo así como vida, intento de creación. Soy lágrima en tus ojos, soy puño en el más fuerte y lamento en el más débil, anhelo en el crédulo y desesperanza en el hábil.

-No entiendo, ¿Dónde están tus padres?

-Soy sólo yo, no hay nadie que me haya antecedido, ni nadie me sucederá, soy sólo yo. Mis padres, me los arrebataron de una puñalada de espuma y yo creyendo que aún vivían me fui a recorrer los mares y en un esfuerzo por nadar sin saber, me adentré en las aguas y morí tres veces antes de alcanzar la costa, soy sólo yo.

-¡Pero si eres sólo un niño!

-El sufrimiento no discrimina, es un huésped, no pregunta, se aloja en quién lo llama, luego de que llega, no hay nada que pueda hacerse. No niego que haya tenido sueños, pero la distancia entre mi suelo y tu cielo es tan grande, que los girasoles se congelaron y en su propio hielo se quemaron antes de que pudiera mirarlos crecer. Me extraña profundamente, que creyéndote tan listo, me llames niño y no te reconozcas siquiera los ojos, que no te han cambiado, pupilas iguales no hay, las mías son las tuyas. Tal vez quieres negar que reconoces cada lágrima que brota.

-Debo irme, tú lo sabes.

-Por supuesto, no debo hacerte esperar, pero te estrecho la invitación, cuando quieras verte a ti mismo y reconocer tus defectos, estaré aquí flotando, a un lado del camino que parece que avanza más rápido que tú; soy eso que quieres perder, pero a lo que te aferras cada vez que sientes necesidad, soy aquello a lo que temes pero acaricias sintiéndote dueño del universo. Soy dolor en este valle eterno, no moriré hasta que tú mueras y verás que aunque intentes opacarme, no hay forma de hacerlo. No te vas por propia voluntad, yo te dejo hacerlo, porque mientras más te deje avanzar lejos de mí, más puedo jalar de la cuerda.

#0069: Bolero porteño


La noche del viernes pesa en mis hombros y mis ruedas cansadas me llevan casi sin mi conocimiento por las viejas calles de Valparaíso. Camino y subo, a veces también bajo, al lugar que me lleve la brisa.

Entro y me siento, ya es tarde, pero el lugar sigue repleto, jamás se encuentra vacío, cada rincón es cuna de historias infinitas y vestigio del paso del tiempo, que es indolente y que castiga al que osa negarlo.


Me recibe la tía Nancy, la misma que nos vio llegar tantas veces, ahora le sorprende verme solo, sin embargo, el negocio es negocio, me invita a una copa. Prefiero una cerveza, al fin y al cabo es lo mismo.

Entra un cantor con guitarra en mano y comienza con su repertorio, espero no te parezca mentira que cantó, sólo en principio, esas canciones que hicimos nuestras, lo que cantábamos sin miedo al ridículo.

Me baja la pena y se convierte en llanto, la misma Nancy se sienta y me dice: "aquí nadie toma solo". Me acompaña, con una copa de vino, tal vez la misma que me tenía guardada, el cantor sacó del alma La joya del pacífico y ahí lloramos todos, no hubo quién resistiera ese himno. Lo coreamos porque es nuestro y nadie falló, excepto un par de gringos que venían a conocer el museo.

Llorando y llorando, me resistía a mirar aquel lugar, lo único que me mantenía en vela, era recordar nuestros bellos momentos, caminando por calle Esmeralda, el paseo de estos viernes por plaza San Martín, los viajes escurridizos a Playa Ancha y por qué no, nuestras travesías hacia lo inimaginable, de creer que siempre seríamos jóvenes, que la distancia no nos separaría más que físicamente, de pecar de soberbia al querer reunir todo el universo en una fracción de segundo, de detener el mar con nuestras miradas, de querer hacer creer al mundo que nosotros ganamos el juego y que nada nos haría retroceder.

Recordar es mantener vivo el dolor o la dicha. Recuerdo muchas cosas, esta noche que se disuelve en sábado a medida que los segundos se tragan la luna menguante. Recuerdo ese corazón en la arena, recuerdo que lo dibujamos lo más lejos del agua, creyendo que eso lo salvaría de ser borrado, ignorando, tal vez a propósito, que el mar siempre deja todo en su lugar, ¿acaso te fuiste con el mar? Aún te espero.

Espero, como el año nuevo, cuando nos besamos a las doce, creyendo en la superstición estúpida de que eso lo haría durar para siempre, siendo que de tanto besarnos caímos dormidos en el Cerro Los placeres.

Canciones y más canciones, de esas de las micros, cuando nos tocaba ir para Viña y nos quedábamos dormidos en el camino escuchando a cantores como el que ahora me hace mirar a la Nancy como culpándola de no advertirnos que la playa sube y baja sin detenerse, que la vida no es sencilla, que tarde o temprano la capital me tomaría por sorpresa y luego me apuñalaría por la espalda este puerto bastardo que hizo que me olvidaras.

El cantor ya se va, pero yo no estoy conforme, aunque la gente ya comience a dejar el lugar vacío y la Nancy toma una escoba, como anunciándome que ya es de madrugada y que después de las seis tiene que cerrar, aunque sabe que no sería la primera vez que cierra y me deja con la cabeza apoyada, dormida. El lugar ya es mío también, nuestro, quiero decir.

Y yo le pido al guitarrista una cueca vieja, de esas del Aparcoa, ¿te acuerdas? Esa que habla de Viña del Mar, la misma que nombra La piedra feliz. La Nancy suelta la escoba se sienta y me abraza llorando, ahora a mares, puede llenar la costa con las lágrimas que le brotan.

La canción me empieza a dejar solo, como tú. Le doy toda la plata que tengo en los bolsillos, como homenaje más que como propina, hasta a él le saltan un par de gotas de los ojos, se va.

La Nancy me suelta y me explica que la vida a veces es así y que el puerto es bello, pero ingrato, "no hay quién no sufra vivendo cerca del mar", se atreve a decir.

Agacho la cabeza, entendiendo que la Nancy me estaba haciendo aterrizar de esa utopía estúpida de pensar que en algún momento entrarías y nos consagraríamos en beso, y sin querer, sólo por reflejo, miro el lugar que estaba evitando, el rincón, para descubrir con horror que tapaste con una foto de tu matrimonio, la imagen de abrazo que consolidó nuestro amor, aquella que prometimos dejar para que viviera eternamente en un rincón viejo del J. Cruz.

domingo, 24 de abril de 2011

EXTRA: A pesar de todo


El tiempo es cíclico, no hay que olvidarlo; y a pesar de ello, nos engaña, jamás es predecible como la masa esclava de la que somos parte. El engaño, nuestra mayor máscara, la moneda franca, ese maldito recurso universal, nos ha acostumbrado a esperar en vigilia cínica, vacíos por dentro nos derramamos en los templos para adorar, para adorarnos. El culto que se rinde ya no es divino, somos los hijos pródigos que aún no regresan, somos los malagradecidos que huyen del origen, que intentan tirar contra una creación unívoca.
Rezamos y las palabras salen disparadas de nuestras bocas como una orden militar, como un parlamento mal aprendido.
Estoy allí en esa categoría exiliada y tú también, no creas que pronunciar es salvarse, no creas que mirar al cielo es estar arrepentido.
¡Siente vergüenza! Por ese que desearía saber leer o saber rezar para agradecer o pedir, mientras que tú recitas para mantener tu dignidad, perdida ya hace siglos.
¡Siente vergüenza! Por ese que de verdad cree, que de verdad reza, que sin saberlo se encuentra permanentemente en el templo, que no se despega de su dios en ningún momento, de ese aprende, porque es el que mañana te salvará, el que salvará al mundo.
¡Siente vergüenza! De ti mismo, hipócrita.
La fe es un misterio, nadie puede negarlo, pero no es imposible de explicar, no es inalcanzable, no es un tabú. La fe no vale dinero, la fe no te pide intereses, la fe no exige otro techo que tu alma, no vive más que en tu interior.
Hoy hay muchos que viven la fe en su máxima expresión, y son libres. ¿Puedes decir lo mismo tú? Creo que no, probablemente mis palabras sean como polvo que se deshace en el aire para tocar el suelo, sólo te digo, recuerda que tú también fuiste polvo y lo volverás a ser, cuando choques con mis palabras en el suelo tal vez comprendas.
La fe, es como el cielo mismo, es su propio punto de partida y de término, es infinita, imposible de abarcar en una sola mirada, no tiene dimensiones fijas y al mismo tiempo, cabe en un espacio tan pequeño como nuestras almas. O tal vez, sea como una llama, como el fuego mismo, poderoso, nos inunda y nos quema, pero es frágil, capaz de todo pero extinguible.
Es increíble. Contra viento y marea, si el día es radiante u opaco, aunque el día esté lluvioso o soleado, Él jamás nos defrauda. El tiempo no es predecible. Incluso en esta sociedad, en esta maldita democracia, con todo lo que ello implica, con los buses y los pagos, con vicios y virtudes, con tiempo que gastar y tiempo que perder, con escuelas y con cárceles, con iglesias y con antros, con dioses e ídolos, con guerras y treguas, con la paz inexistente, con bombas y carnavales, con Estados Unidos y el mundo, con basura en la televisión, con perversión en Internet, con el prejuicio malparido del que sufro hoy, con mis palabras que se vuelven contra mi, con hombres y mujeres, con niños y niñas, con pecado y más pecado, con todo eso y a pesar de todo, y todos; descubrimos que de nada sirvió querer tapar el sol con un dedo, cerrar los ojos ante la injusticia, predicar con el peor de los ejemplos, hay algo que jamás cambiará, esa es la verdadera fe. Cuando pensábamos que el mundo había enloquecido, que la vida no era segura, que la muerte era el camino, que cada uno había perdido su pedazo de cielo, que en la tierra no mandaba Dios, sino los hombres nacidos por él, cuando creíamos que nada volvería a ser como antes. ¡El mayor de los milagros!
Volvió a resucitar.

jueves, 24 de marzo de 2011

#0070: Almas del desierto


...

Los ojos esmeralda, prisioneros tras el velo de mentira que la ha acompañado desde el trágico día en que el ímpetu de un tirano pudo más que las buenas intenciones y bañó de sangre todo Tensis.

No se ha preguntado jamás por las mentiras, tal vez ni siquiera conoce el real significado de mentir, ya que es una esclava de los valores y convicciones de un traidor.

Lo que pudo ser la victoria de dos reinos, la amalgama de dos visiones del desierto, se convirtió en un sueño frustrado, en un matrimonio roto muchos años antes de que las partes se enteraran del vínculo, ahora sólo quedan las esperanzas.

Y son los anhelos de entes que ya no se encuentran viviendo terrenalmente, todo ser que pudo lamentar esta realidad, se encuentra ya descansando o silenciado bajo metros y metros de arena.

Markess no dejó nada al azar, mató y por la fuerza de las armas volvió su hija a la bella Amara, ahora relegada a una realidad adversa bajo el nombre de Abda.

Ante lo que pudo ser un desierto pleno de vida, quedan nada más que los espejismos de la unión de Tensis y Ross, hazaña que hubiera logrado convertir la región en el lugar más florido del mundo, hubiese sido un paraíso de principio a fin.

Desde ahora, además de escribir la historia una y otra vez en paredes de piedra fría, escribo también lo que será desde ahora, no es tiempo para permanecer quieto, ya han pasado muchos años y estoy listo. Quiero creer, creer que el mañana nos espera, que el calor sofocante pronto dejará de ser una tortura y volverá a ser la suave caricia del sol en tu rostro, no estoy solo, la historia no llegó por el aire.

Espero inquieto, porque sé que la más grande de las batallas se librará muy pronto, pero estoy seguro de que el sacrificio es el modo de hacerlo, falta poco para que una lágrima y una gota de sangre se unan al caer en la arena de este desierto eterno, para librarlo por fin de la incertidumbre, falta poco.

Haz la prueba, traza una línea desde Tensis a Ross, en medio está la verdad, corre si puedes, cuando lo sepas, porque será el principio de la mayor epopeya que ha vivido nuestra tierra.

Bella Amara, espero no olvides que la voluntad de tu padre es algo que fluye en tu sangre, ante la verdad, no hay versiones, serás libre muy pronto, amada mía. La vida jamás ha sido el término o el inicio de algo, no es un límite. No hay limites.

Mi alma es la que sigue viajando, estará pronto contigo, cruzará el valle y al mirarme a los ojos, tal vez y sólo tal vez, por inspiración divina, recuerdes al príncipe que junto a ti forjaría el lugar más bello, un lugar donde las flores adornarán cada centímetro de tu cuerpo, el paraíso mismo. Si no sabes mi nombre, pregúntaselo al viento que acaricia tu rostro moreno y humedece tus ojos esmeralda tras el blanco velo, lo sabrás sin saberlo. Me verás sin mirarme y me oirás sin escucharme. Calma, voy en camino.

domingo, 6 de marzo de 2011

#0068: I drove all night


Espero que no parezca una persecución, me sentí en la obligación de escapar, la noche cae y siento que te necesito. La ciudad es pegajosa y cruel, mató mi amor por el día y lo hizo resucitar ahora, recordé que estarás allí.

No fue fácil salir de aquí, cada centímetro de asfalto estaba cubierto por alguna llanta que me impide moverme con más libertad, no despiertes, llegaré.

No eres predecible, claro que no. Quizás debí llamarte antes, pero sé que estarás, la verdad, me lo dice mi mente, estoy muriendo por tenerte.

Ahora ya puedo salir, estoy en ese camino que inventaste para mí, aquel camino que me permite olvidarme de conducir, sólo debo relajarme y seguir soñando con la llegada.

La ruta es clara, mis manos conducen por inercia, no olvidan los viajes realizados anteriormente, están grabados en mi cuerpo, puedo dormir al volante, sueño mientras tanto, que el camino se hace infinito y se deshace en deseos de llegar al final.

Viajo en mi fortaleza de acero y no temo, la línea recta siempre ha sido lo más seguro, eso me lo enseñaste tú, sigue durmiendo, por favor.

Recompensa mortal me ofrecerás, poder probar tus dulces besos, que me recibas con los brazos abiertos, casi sospechando mi arribo. No recuerdo otra cosa por la que hubiera dejado libre mi impulso, es que esta ansiedad me quema por dentro.

Tal ves estás sintiendo lo mismo que yo, no debería tardar tanto en verte, es culpa de la maldita ciudad y sus reglas, de nuestra mala suerte, de estar tan lejos y a la vez tan cerca.

Es increíble la injusticia urbana, todo aquí nos separa, pero no es suficiente para detenerme, escucho el único latido, sincronizado, de nuestros corazones, se hace más fuerte cuanto más me acerco.

La noche se hacía fría y sólo podía pensar en ti, nadie me puede mover, mi carril es sagrado ahora, el camino que tú hiciste, ese sentimiento entre tú y yo, nadie lo podrá borrar.

Conduje toda la noche, sólo para tenerte, pero está bien, no es una queja, sólo un anhelo. Conduje sin parar, para poder arrastrarme hasta tu cuarto, despertarte de tu sueño y hacer el amor.

Pregúntale a cualquiera, para saber si haría un viaje tan largo únicamente para amar, presencial u onírico, somos el uno para el otro, sigue soñando.

No te detengas, así como yo no lo hago, después de todo, debes estar tal como yo, sintiendo, creyendo, confiando en mí.

Tal vez soñabas lo mismo que yo y has llegado también, después de conducir toda la noche para tenerme.

jueves, 13 de enero de 2011

#0067: Pudiste

Si las cosas nadan del otro lado del río, corresponde que tú te hagas cargo. Yo te ofrecí cuanto podía darte, tal vez más que eso, era capaz de nacer de nuevo sólo por cumplir tus expectativas, ahora no tiene sentido, nada.

Manipulas, te creí, te quise y nada podía cambiarlo, sólo tú. ¿Te parece normal que no tenga ningún peso en esto? A mí me parece enfermo.

Definitivamente, soy un masoquista, nada de lo que haga importa, siempre perderé, porque apuesto a ciegas, creyendo que los demás piensan como yo lo hago.

La conversación era la ruta más fácil, no obstante estamos en esto, si querías lograr tus planes, por qué utilizar personas. Eso es bajo, incluso para mí, bastaba con decirme que diera un paso al lado, sólo por no crear odio lo hubiera hecho, sonríendo.

Quizás nunca pensaste que estabas ante una oportunidad única, pudiste ayudar, ayudarte. Quién sabe, tal vez pusiste en juego tu último pedazo de cielo y preferiste creer cualquier cosa, seguir caminando cuando caí de rodillas en el cemento, fracturándome el alma, matando lo bueno, creando inquietudes, inseguridades. Ni siquiera volteaste para sonreír, hubiera sido menos macabro, ni las lágrimas negras pudiste observar siquiera.

Sufro y hago sufrir, porque ni siquiera puedo explicar esto. Aunque resulte increíble, por mi mente, jamás pasó la idea de hacer daño, no soy así. Mi intención era clara, si te sentaras a pensarlo, lo descubrirías. Pero no lo harás, terquedad se llama.

Es el momento de marchar, de desfilar al fondo del pozo, de masticar lo más amargo del suelo y entregarme a la única cura del sufrimiento, el descanso.

Pudiste serlo, sabes a lo que me refiero. De verdad, pudiste, pero tomaste una decisión, aunque fuera estúpido, aunque así fuera, podría darme cuenta de lo que estás haciendo.

Alguien lo llamó traición, yo prefiero creer que jamás estuviste tan hundido como yo, el río es para el que lo conoce, mucho sabrás nadar, pero si no lo conoces, te ahogas.

No sabes lo que ha sido ser yo, no sabes el dolor que se siente, tú al menos tienes como escapar, yo creí que sería valiente y que resistiría el peso del mundo en mis hombros, mas ya ves que no fue así, me hundo poco a poco. Abandono la vida, pero con el agua es dulce, duermo tranquilo, el rastro de sufrimiento en mi faz no refleja la quietud de tomar esta ruta, duermo, duermo y ahora sí que duermo.

Estaré bien, pero no pretendas que las cosas cambien, ahora es definitivo, no seré nunca más lo que fui. Y puedes datar este momento, porque estoy muerto, ya no soy yo.