martes, 21 de diciembre de 2010

#0065: Portón y puerta


Tonterías, sólo eso. Me pasa a menudo. Camino, sólo camino, sin rumbo. Prefiero creer que el amor está a la vuelta de la esquina, que la suerte es una moneda de un peso que se esconde del que la pretende y se muestra al que la necesita.
Encuentro rumbo, sigue siendo un tanto incierto, puedo estar a punto de llegar a un lugar y decido dar la vuelta y a veces volver donde empecé, sólo para no hacerle caso a esa estructura prefijada de lo que se debe, lo que no se debe y todo ese palabrerío que en nada contribuye, si los pies son míos, voy donde quiero.
Irreverente. Pero frágil también, no resisto estar fuera de casa cuando es de noche, aunque es tentadora la idea de tomar un bus a cualquier sitio con la garantía de estar sentado y ver las calles ir más rápido que la vista, sentirme avanzando pero sin cansarme, saber que si bien nadie me espera en el final del recorrido, tengo tanto por hacer, que casi no importan las personas.
No pretendo engañar, cuando quiero dormir y no lo consigo, rezo. Por tí, por ella, por el de más allá, por ese que jamás me quiso y por el que me amó, no rezo jamás por mí, poco me vale la vida a veces, preferiría perderla antes que ver como otros la pierden.

Camino más, el rumbo está claro, porque estoy caminando de vuelta a casa y no tengo más de una, el camino es único.

Es mi cuerpo el que me guía, si de mi mente dependiera, podría estar en cualquier rincón de la ciudad, esperando que alguien que conozca me invite a conversar, a pasar las horas. Dichoso sería de saber que en un momento precioso, podré ver todo desde arriba, presenciar sin intervenir, pero saber que no es mi plano, que yo no me veré afectado, al menos una vez.
Vivo en un pasaje, y aquí estoy, entrando. Está el portón, una reja con un candado muy oxidado y una pequeña puerta, que se encuentra justo al lado. Muchas veces esa puerta está abierta, otras veces cerrada.

Cada uno tiene una labor, no es que sea un designio ni nada de eso, es simplemente que en cada hecho que se nos presenta, debemos hacer algo, contribuir.
Yo entro al pasaje, abro esa pequeña puerta, y la dejo cerrada, tal como estaba, en algunos casos; o cumplo el rol que alguien no quiso cumplir, cuando la puerta ya estaba abierta.
Aunque el portón esté abierto de par en par, cierro esa puerta. Después de todo, tal vez alguien comprenda como lo hago yo, que la puerta es para los peatones y que esa sensatez le haga obviar la entrada de autos que se encuentra abierta. No me gustaría saber que alguien con malas intenciones entró porque simplemente encontró esa puerta abierta, del portón no me preocupo, no tengo la llave, pero nadie podrá decir que fue mi culpa, que se hagan cargo ellos.

Es mi grano de arena, aunque tú pienses que no sirve, las puertas cerradas representan obstáculo a la mente, aunque puedan abrirse con sólo soplarlas.

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