sábado, 18 de diciembre de 2010

#0064: Alzheimer

No hace mucho tiempo, en una de esas típicas e interminables reuniones familiares, escuché el testimonio de un invitado que puso en jaque eso de que la memoria es muy frágil. De no ser sensato, jamás hubiera entendido el verdadero mensaje tras aquel relato.

Víctor es casado, tiene dos hijas, lleva una vida tranquila en la medida de lo posible, sin sobresaltos. Representa de manera fiel ese hombre que aprendió que ante la desgracia hay que seguir adelante y no mirar atrás, porque atrás es donde están las sombras, los restos, las ruinas de lo bueno, aquello que nos haría morir por simple contacto.

Arrastra una pena inmensa, la muerte de su padre, pero sabe compensar esa pena, recordando los buenos momentos, haciendo memoria de las situaciones que engrandecen. De ese sano ejercicio surgió la historia que hoy me tiene pegado al teclado sin dormir.

Su padre desde los sesenta años, comenzó a sufrir de Alzheimer; Víctor confiesa que es una enfermedad silenciosa. Los primeros años, los síntomas disimulan muy bien ser simples olvidos.

"Cuando se hicieron recurrentes, nos preocupamos", dijo sin sonreír, como lo hizo durante toda la primera parte de la narración.

Era normal sentir miedo, su familia se había convertido ya en muchas familias y su padre vivía sólo con su esposa, lo que no garantizaba para ninguno de los dos un futuro muy llevadero.

Sospecharlo era triste, tener la certeza, los llenó de angustia; surgen preguntas de todo tipo. "¿Y si no nos reconoce?". Ese fue el mayor temor de Víctor.

Efectivamente, la enfermedad avanzaba exponencialmente, cada mes era borrar cientos de recuerdos de la mente de su padre. Poco a poco, el deterioro se hizo latente, ya le costaba trabajo recordar cosas simples como su nombre, o su edad. Y como si hubiera sido poca la desgracia, una serie de complicaciones, lo hacía estar postrado. Su Alzheimer hacía que cada día se comportara más agresivo, por no recordar, por estar frente a desconocidos.

Hubo días en los que ese problema no existía, pero eran los menos. Cuando cumplió ochenta, su cuerpo resistía muy poco y su enfermedad hacía que olvidara incluso sus impulsos agresivos, terminó por creer que estaba internado en un asilo de ancianos.

"Cerca de las fiestas de fin de año, junto a mis hermanas lo fuimos a visitar. A él y a mi mamá. Estaba postrado, pero no se veía mal, yo había imaginado que estaría demacrado, irreconocible. No, era un rostro normal de un ser de ochenta años, pero con la vista turbada, era 'la primera vez que nos veia'. No quise llorar en ese momento, pude haberlo arruinado todo. Le preguntamos que cómo estaba, sus respuestas apuntaban a que lo atendían bien en el asilo, que todo era normal, como tenía que ser."

Cada uno de nosotros escuchaba tratando de que las lágrimas de Víctor cesaran. Nos comentó que decidieron quedarse un par de semanas, porque estaban seguros de que serían sus últimos días. No fue así, el padre resistió toda la estadía de sus hijos y murió cuando Víctor volvió a Santiago.

"Era increíble, cada día, él estaba más convencido de que estaba en un asilo, y preguntaba frecuentemente el paradero de los demás ancianos. Un día, cuando lo despertamos, me preguntó que si seguía en la oficina y me pidió que le diera sus saludos a un sin número de colegas, diciendo que pronto estaría por allí, para ayudarlos en sus labores. Me confundió con un compañero de trabajo."

El relato llevaba algo así como una hora y nosotros no veíamos pasar el tiempo, estábamos esperando que Víctor nos contara cada detalle.

"Bueno, debo admitir, que jamás pensé que el corazón pensara, creía que si tu memoria fallaba, las emociones lo hacían igual, porque era el cerebro su origen. Recuerdo haber llorado un par de horas sin parar, mi padre no olvidó lo más importante.

Mi hermana, fue a darle de comer, como cada día de esas semanas que pasamos viviendo juntos nuestras vacaciones, mi padre la miró de pies a cabeza y luego de examinarla le dijo: 'Aquí me atienden bien, es un buen asilo, jamás se han demorado en darme de comer y no tengo ninguna queja. Estoy de maravilla. Además, las enfermeras como usted son muy amables. Déjeme decirle además, con todo el respeto que me merece, que es usted muy hermosa.' Mi hermana lloraba, pero tapaba cada lágrima y le siguió el juego, yo espíaba tras la puerta. Ella le respondió: 'Es usted muy caballero, le agradezco todo lo que dice, le agradezco todo.'

Mi padre le dijo: 'Lo mismo le digo, gracias, no podría estar mejor. Insisto, es usted muy linda. Pero, ¿puedo contarle un secreto?' Ella lo miró fijamente y le respondió: 'Por supuesto, confíe en mí.'

Era una sensación extraña, mi padre estaba sonrojado, con esa vergüenza de por medio, le confesó: 'Estoy enamorado, de una de las enfermeras, es esa de allí.' Sus dedos apuntaron hacia la puerta de la cocina que estaba entreabierta."

Víctor volvió a sonreír, siempre entre lágrimas, él había seguido la ruta de amor que el dedo de su padre mostraba, tras la cocina, estaba ese amor oculto, casi platónico. Víctor suspiró y nos dijo mirándonos a todos de una misma vez:

"Esa mujer que él apuntaba, la enfermera, era mi mamá."

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