jueves, 16 de septiembre de 2010

#0062: Parábola del retrato


Como ayer y como hoy, no hay diferencia tangible o mesurable, es igual siempre, cambiamos los . Generalmente me dirías que me calle, que ya es hora de dormir, que mi voz ya no te cautiva como antes, que no debo seguir discutiendo si el fuego había dejado de arder.


Y ahora... ¿Qué me dices? Eso supuse, nada. Creo que es hora de que yo hable, no creo que haya mejor momento que este. Me creerás loco, pero quiero que me escuches.


Quiero que sepas que en este blanco valle, mis cansados dedos recorren surco a surco tus detalles, guardando las proporciones para no cometer ningún error que me haga confundir lo que fue con un triste arrebato de mi mano.


Ya casi estás lista, hermosa como siempre, pero existe una diferencia fundamental, callas.


Guardas silencio tras la tinta, que de paso bendita sea por sellarte los labios amargos. Bendito sea también el lienzo blanco, el único capaz de no hacer ver tan pálido tu rostro.


Cuando me dejaste, cuando nos dejaste, supe que era lo correcto, que era lo que debía ocurrir. El destino se encarga de juntar y separar a su debido tiempo.



Para nadie es fácil olvidar, aceptar, asumir que las cosas se acaban tal como empezaron. Te dibujé los ojos plácidos para fingir que asientes aunque sea con resignación lo que estoy diciéndote y la boca cerrada para no creer que puedas hablarme y termine destruyéndote.



Ahora no puedes siquiera decir que no, eres mi creación por fín y no puedes hacer nada que yo no quiera, yo te creo, yo te aniquilo.



Pero no creas que lo hice con un fin malévolo, la verdad, te creé sólo para decirte todo aquello que no pude decir cuando hablabas antes que yo. Para verte por última vez y cerrar el ciclo, no te puedes quejar de que no memoricé tus facciones. Apuesto mi vida a que podría retratarte vendado.


Y ahora, no me sirves más, pero no puedo destruirte, puedo romper el papel, volverlo trozos inservibles, pero a tí no te puedo romper, no puedo. No quiero pensar en la idea tampoco, te dejaré guardada y cuando tenga la necesidad de conversar contigo para tomar alguna decisión o recuerde lo que haya olvidado por el nerviosismo de este encuentro.

No me siento valiente por hablarle a un dibujo, ni cobarde por no gritarle a una mujer, lo hice ahora por mí, todo lo anterior, por tí.


Tal vez sea mi forma de verte, otra tú, perfecta en cada trazo. Estarías molesta, por eso el final de tus labios sugiere una sonrisa, no siento culpa; y puedo dar gracias a Dios de que nunca estarás más quieta que en este retrato.

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