martes, 14 de septiembre de 2010

#0061: Adivina...

Al parecer, para nadie más en toda la hacienda era una sorpresa el destino de la abuela. Es decir, todos sabíamos que por su edad, no serían muchos los años que le quedarían para hacernos compañía, pero aún así fue un golpe bajo para mí.
Ahora me parece gracioso que haya estado en los brazos de Dinora, llorando, tal como lo haría después, en nuestro reencuentro. Debe ser eso de que "todo se vive dos veces", o algo así.

Jamás supe interpretar de la manera correcta el gesto que vendría. Dinora sabía que el olor a tabaco me ahogaba, por eso, cuando dijo que quería encender otro cigarrillo, creí que estaba tratando de deshacerse del niñito patético que lloraba junto a ella, o tal vez simplemente quería ese cigarrillo y no quería lastimarme de otra manera.

Le pregunté a mi padre si es que podía ir a ver a la abuela a su alcoba, pero me dijo que era mejor que ella descansara y que la visitara en otra oportunidad, por lo demás, la única llave de esa habitación la tenía Dinora y sólo se acercaba a la habitación para dar de comer a la abuela y llevarle sus medicinas cuando dispusieran de ellas.

La casa se veía más gris que de costumbre, era una casa bastante opaca, pero la presencia de la anciana hacía que todo tomara los colores del arcoiris. Era imposible pasar penas en esa casa, aun cuando la abuela era bastante estricta.

Tal vez toda la fortaleza que muestra ante sus hijos, la perdía ante sus nietos, por eso nosotros le demostrábamos afecto, mientras que mi padre y mi tío, sólo respeto.

Dinora parecía una chimenea, no paraba de exhalar humo, se le notaba nerviosa, a ratos serena, pero eran como espejismos de su verdadero sentimiento.

Mi madre dijo que esa noche nos quedaríamos en la hacienda, mi padre asintió con la cabeza, mientras que Dinora hacía todo lo contrario. Más que parecerme extraña su reacción, corrí a mi habitación para preparar mi cama para la noche.

Ante el fuego y la luz de una vieja salamandra encendida, callamos durante un rato. El silencio hacía que todos, lentamente, perdiéramos la noción del tiempo y el espacio. Nos quedábamos dormidos.

Habían pasado casi tres horas cuando sonó el teléfono. Esta vez, todos coincidimos en que era extremadamente raro recibir llamadas a esa hora.

Dinora se levantó, como "dueña de casa" para contestar, ante nuestras miradas de duda, ella respondía con gestos similares:

-¿Quién habla? - pronunció Dinora con voz soñolienta.

-¿Aún conduces? - respondió la voz del otro lado.

-Sí... ¿Quién habla? - repitió.

Ante la respuesta, Dinora dejó caer el auricular y tratando de mantener la calma, tomó el aparato, lo puso en su lugar, miró a mi tío Gaspar y repitió las últimas palabras que había escuchado de su interlocutor:

-Estoy en el aeropuerto, soy tu hijo.

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