domingo, 27 de junio de 2010

#0058: Tango de l'amour


Me atrajo el humo de su cigare.
Estaba sola et moi aussi.
Me acerco y digo "¿Quiere bailar?"
En tono suave, contesta ... "oui".


¡Que osadía! Sin saber bailar, ahora tengo en mis brazos a la mujer. Y pareciera que ella me lleva a mí y no al revés. Creo que entiende mi falta de talento pero no me deja solo. La iluminación favorece el encuentro porque no percibo a nadie más en este lugar, podría estar repleto de gente, pero no puedo verlo.

Poco a poco el ritmo se vuelve familiar y ya no siento la incomodidad inicial, tengo en la garganta un nudo, pero se desata lentamente.

No puedo ver sus ojos porque su cabeza reposa en mi hombro, como entregándose a las notas. Su fragancia inunda mis sentidos y me provoca un placer inexplicable a medida que nuestros pies marcan el fuelle sin despegarnos el uno del otro.

En esos momentos hubiera deseado que el acordeón se hiciera eterno, y pudiéramos seguir hasta la eternidad, muriendo tal vez de cansancio, pero juntos y al unísono.

No me esperaba lo que vendría a continuación, las notas finales nos dejaron cara a cara, al borde del ósculo, del dulce beso que esperaba desde que le extendí la invitación.

Termina la canción y se despega de mi aliento como un globo que se eleva hasta donde no se le puede alcanzar.

Sigue caminando hasta la barra y luego desaparece entre las luces.

¡Qué vergüenza! Ahora estaba solo en la pista y ni siquiera sé si me están mirando o no. Mi corazón se agita y siento una taquicardia agradable, un ritmo sin igual. Es la segunda canción que inunda todo el lugar. Me dispongo a retirarme y aparece otra mujer, más bella que la anterior.

No fue necesario mirarla, era su aura, o algo así, lo que me pedía que le tomara por la cintura y de la mano haciendo un arco, para comenzar la segunda pieza.

En esta ocasión la música era más exigente y rápida, un staccato infernal. Sentía como su respiración se agitaba y se confundía con la mía, recordé todas esas frases de mi abuelo, pero en especial esa que decía que el tango se puede bailar con los ojos cerrados.

Lo hago y me entrego por entero, ella parece disfrutarlo porque ahora juntamos nuestras frentes y me pide que la bese. Lo intento pero la pieza acaba y ella da la vuelta sin expresión alguna y se marcha, tal como la anterior.

No estaba dispuesto a un tercer rechazo y me sentía blanco de burlas en todo el país. Las luces no ayudaban y la salida estaba tan oculta como mi dignidad.

¡Qué horror! La tercera pieza, corriendo me acerco a la barra y cruzo la vista con ella, la tercera mujer. No era más bonita que la primera y se veía más bien tímida. Sus ojos no me invitaban, así que decidí invitarla yo. Me acerqué lentamente y tomé su mano, caminamos al centro de la pista y nos deleitamos de que la canción fuera lenta, de ese modo podríamos bailar sin vergüenza.

Ella me miraba e hizo que el contacto en el baile fuera netamente visual. La pieza parecía sin fin y ella caía paulatinamente en el mismo hechizo que yo. Se soltó el cabello mientras bailaba y yo sujetaba su cintura como si alguien fuera a arrebatármela.

La canción llegaba a su fin y ella me hacía cómplice de su deseo. Acercó sus labios a los míos y en un instante todo fue perfecto.

Pero giré y salí por la puerta principal, haciendo transferencia de mis temores.


Pour la femme qui m'a fait danser avec ses baisers.

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