viernes, 2 de octubre de 2009

#0050: Vuelo 1208


Sin duda, el mayor beneficio de la clase turista es la calidez del ambiente, me refiero a los pasajeros, vienen del mismo lugar que yo, no hay mayor diferencia de clase.

De diferentes naciones, llegaron todos, mas todos llevaban en sus maletas distintos sueños.

En esta sección del avión, la capacidad máxima es de 100 pasajeros, pero en este vuelo, los que viajaban no excedían los 30.

1C: Marcela viaja a México, allí le espera una oportunidad de trabajo que no puede rechazar.

1G: Gabriel viaja a Lima para reencontrarse con su esposa, que vive en la capital peruana y a la cual no veía hace años.

2A: Mariano viaja por viajar, es un trotamundos y espera que su estadía en Caracas sea placentera.

2F: No recuerdo el nombre de ese sujeto, pero recuerdo que se paseaba nervioso en cada escala, me parece que su esposa acababa de dar a luz. Supongo que sería una lástima que no estuviesen juntos en ese momento.

3A: Camila, sin embargo, viajaba llevando en su vientre a su hija, mas ella no lo sabía. Nadie lo sospechaba siquiera.

3C: Francisca, después de una desilusión amorosa, decidió regresar a su natal D.F. No debe ser extraño que en las escalas pudiera conversar con Marcela, quien necesitaría una guía en aquella ciudad.

4D: Yo, por mi parte, no viajaba solo, me acompañaban mis amigos, que repletaban toda la fila 4, nos dirigíamos a Buenos Aires, a pasar unos días de nuestras vacaciones.

Los demás pasajeros, se mantuvieron callados, por lo que ni mis amigos ni yo pudimos deducir el motivo de sus viajes.

Una vez que despegamos, muchos apegaron sus cabezas a las cómodas almohadas de la clase turista. Yo, sin embargo, me hallaba temeroso, era mi primer vuelo, entonces esperaba lo peor.

No habían pasado más de 10 minutos, cuando un pequeño temblor en mi asiento despertó mis temores. Se hacía más intenso a cada minuto, pero no lo suficiente para alarmar a los demás pasajeros.

Los parlantes hicieron su trabajo, ahora todos prestaban atención a la turbulencia.

Caíamos en picada. Extrañamente, nadie gritaba ni hacía mayor ruido, eso es de malas películas. Se encontraban serenos, no había otra opción. Se acabó el trabajo, el reencuentro, el hijo, la incertidumbre, el placer de viajar por viajar, las vacaciones, todo.

Y es así, señores, tal como la vida es un viaje, puede acabarse de manera súbita como en este caso, donde el destino es la muerte, el fracaso y la desilusión. Donde las maletas estaban repletas de sueños y se volvían más pesadas de lo que jamás seríamos capaces de soportar.

Accidente o no, justo o no, era nuestro deber resignarnos a perecer en medio del vuelo, sin haber completado 20 minutos de este.

No hubo dolor, fue solo una luz muy potente que nos cegó. Luego de eso, nada más.

La voluntad divina nos puso allí y fue quien quizo que abordáramos el avión, por lo tanto no hubiese podido ser de otra manera. Nuestro boleto tenía un solo destino, enterrar nuestros sueños en el fondo del mar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario