sábado, 24 de octubre de 2009

#0051: Racconto


Para que Dinora me perdonara, era necesario que le contara mi versión de los hechos. Por lo tanto, debía volver al pasado, para reproducir fielmente todo lo sucedido en la hacienda.

En aquel entonces, vivíamo a pocos kilómetros del lugar. Esa era la razón de nuestras reiteradas visitas.

Dinora vivía con mi tío Gaspar y con la abuela. Siempre pensé que era buena idea que le hicieran compañía, porque como ella era una mujer sola, más temprano que tarde necesitaría ayuda para la mayoría de las cosas.

La caja de Pandora se abrió la última vez que pude ver a mi abuela con vida.

Recuerdo de manera nítida esa visita, entramos por el camino de tierra, al llegar a la entrada de la hacienda, mi padre buscó un buen lugar en el estacionamiento, mientras que mi madre y yo llevábamos algunas de nuestras cosas a la casona.

Dentro estaban Dinora y Gaspar, como yo entré primero, alcancé a escuchar un poco de su conversación. Hablaban de dineros y terrenos que eran propiedad en ese entonces de mi abuela.

Me pareció bastante arbitrario que comenzaran a repartir tierras y ganancias, siendo que la abuela no estaba siquiera enferma. Eso pensaba yo.

Cuando advirtieron nuestra presencia, no hubo expresiones definidas en sus rostros. Sólo recuerdo que nos saludaron y luego nos llevaron a las habitaciones para acomodar nuestras cosas.

Me había parecido raro no ver a la abuela, así que me decidí a preguntar. Para mi angustia, la abuela se encontraba enferma, por lo que debía permanecer en su cuarto recostada.

Dinora llevó a mi madre a conversar al patio, le ofreció un cigarrillo, pero mi madre no fumaba, ni siquiera en instancias sociales que ameritaran esa conducta.

Mi padre y Gaspar, por otro lado, comenzaron a hablar de dineros y tierras también, como hermanos, debían decidir el destino de las ganancias de la hacienda y repartir los terrenos.

Dinora era una suerte de "enfermera particular" de la abuela, ella debía suministrarle los medicamentos y llevarle las 3 comidas diarias a la cama.

Yo, en un afán de descubrir que era lo que realmente le ocurría a la abuela, decidí preguntarle a Dinora directamente.

Una vez que terminé mi pregunta, ella me miró con una dulzura extraña, apagando su cigarrillo me dijo:

-La abuela no está bien, debe descansar, los medicamentos que hemos pedido a la capital han dejado de llegar y no tenemos otra forma de conseguirlos.

Me abrazó con fuerza y yo lloré en sus brazos porque había descubierto lo que ocurriría más tarde.

La abuela moriría.

viernes, 2 de octubre de 2009

#0050: Vuelo 1208


Sin duda, el mayor beneficio de la clase turista es la calidez del ambiente, me refiero a los pasajeros, vienen del mismo lugar que yo, no hay mayor diferencia de clase.

De diferentes naciones, llegaron todos, mas todos llevaban en sus maletas distintos sueños.

En esta sección del avión, la capacidad máxima es de 100 pasajeros, pero en este vuelo, los que viajaban no excedían los 30.

1C: Marcela viaja a México, allí le espera una oportunidad de trabajo que no puede rechazar.

1G: Gabriel viaja a Lima para reencontrarse con su esposa, que vive en la capital peruana y a la cual no veía hace años.

2A: Mariano viaja por viajar, es un trotamundos y espera que su estadía en Caracas sea placentera.

2F: No recuerdo el nombre de ese sujeto, pero recuerdo que se paseaba nervioso en cada escala, me parece que su esposa acababa de dar a luz. Supongo que sería una lástima que no estuviesen juntos en ese momento.

3A: Camila, sin embargo, viajaba llevando en su vientre a su hija, mas ella no lo sabía. Nadie lo sospechaba siquiera.

3C: Francisca, después de una desilusión amorosa, decidió regresar a su natal D.F. No debe ser extraño que en las escalas pudiera conversar con Marcela, quien necesitaría una guía en aquella ciudad.

4D: Yo, por mi parte, no viajaba solo, me acompañaban mis amigos, que repletaban toda la fila 4, nos dirigíamos a Buenos Aires, a pasar unos días de nuestras vacaciones.

Los demás pasajeros, se mantuvieron callados, por lo que ni mis amigos ni yo pudimos deducir el motivo de sus viajes.

Una vez que despegamos, muchos apegaron sus cabezas a las cómodas almohadas de la clase turista. Yo, sin embargo, me hallaba temeroso, era mi primer vuelo, entonces esperaba lo peor.

No habían pasado más de 10 minutos, cuando un pequeño temblor en mi asiento despertó mis temores. Se hacía más intenso a cada minuto, pero no lo suficiente para alarmar a los demás pasajeros.

Los parlantes hicieron su trabajo, ahora todos prestaban atención a la turbulencia.

Caíamos en picada. Extrañamente, nadie gritaba ni hacía mayor ruido, eso es de malas películas. Se encontraban serenos, no había otra opción. Se acabó el trabajo, el reencuentro, el hijo, la incertidumbre, el placer de viajar por viajar, las vacaciones, todo.

Y es así, señores, tal como la vida es un viaje, puede acabarse de manera súbita como en este caso, donde el destino es la muerte, el fracaso y la desilusión. Donde las maletas estaban repletas de sueños y se volvían más pesadas de lo que jamás seríamos capaces de soportar.

Accidente o no, justo o no, era nuestro deber resignarnos a perecer en medio del vuelo, sin haber completado 20 minutos de este.

No hubo dolor, fue solo una luz muy potente que nos cegó. Luego de eso, nada más.

La voluntad divina nos puso allí y fue quien quizo que abordáramos el avión, por lo tanto no hubiese podido ser de otra manera. Nuestro boleto tenía un solo destino, enterrar nuestros sueños en el fondo del mar.

jueves, 1 de octubre de 2009

#0049: ¡Bravo!


El colorido de la carpa nueva me hacía reflexionar sobre mi última decisión. Era hora de dar término a un ciclo y comenzar otro, en un nuevo ambiente, aunque no desconocido.


Los nervios me mataban, la entrada de artistas, una puerta bastante aparatosa, dejaba apreciar unos cuantos detalles de la pista y las bambalinas, ese aroma a espéctaculo me otorgó la suficiente confianza.


Una vez adentro, tuve que asumir que mi talento no se compararía jamás con de mis nuevos compañeros. Muy tímido, pregunté cual sería mi lugar en el show, pero la respuesta fue bastante limitada, debía remitirme a limpiar después de que todo terminara.


No pude hacer más que acatar tal decisión, no sin lamentarlo profundamente, pasar de trapecista a tramoya.


Una noche, una vez que todos se habían ido y que ya habí terminado mis labores, subí por la escalinata y me dispuse a disfrutar de lo que más amaba en la vida, el efecto del péndulo.


Una vez que bajé, reparé en que en la entrada de la pista se observaba una silueta. Me acerqué temeroso, no quería que me descubrieran.


Para mi tranquilidad, quien apareció era un payaso, digo "para mi tranquilidad" porque los payasos eran los seres menos déspotas dentro del circo.


Este payaso me hizo ver que mi talento estaba por sobre la actividad que me habían impuesto.


Me sentí muy protegido, en todo el circo no tenía a nadie más, y en ese minuto había encontrado un nuevo amigo, una nueva razón de ser.


En una de nuestras conversaciones, le pregunté el motivo por el cual él era payaso, me contestó con una amplia sonrisa: "Un payaso jamás está triste, porque aunque quiera estarlo, el maquillaje le obliga a estar feliz, para mostrarle al público que en el humor hay una respuesta para cualquier sufrimiento, en cuanto al mío, se borra con la risa de quienes me ven."


No pude evitar emocionarme ante tal doctrina, es por eso que para mí es importante destacar hoy la virtud de este hombre que no sólo hace reír, sino que también sabe llegar al alma.


Han pasado ya un par de años desde que lo conocí, pero hoy puedo dar fe y testimonio de que él es una de las personas más importantes en mi vida, porque me hizo cambiar la perspectiva respecto del mundo. Ahora, cada vez que lo veo, no puedo evitar abrazarlo y sonreír, porque el me indicó la importancia de hacerlo.


Es un ser de talento y luz, de un carisma incomparable y a pesar de que mis muestras de afecto exceden lo normal, siento que nunca es suficiente para su bondad y por todo el apoyo que me prestó cuando no sabía nada acerca del público de ese nuevo ambiente, que hoy gracias a él, es el lugar donde he pasado los mejores momentos de mi vida.