martes, 8 de septiembre de 2009

#0047:A second chance

Una vez que la enfermedad supera el umbral del dolor, no nos queda más remedio que buscar en el alma los recuerdos más dolorosos, de ese modo, podemos amainar el sufrimiento físico.
Sufría, tendido en la cama del hospital, sin más oficio que mirar a través de la ventana, donde se veían las montañas cubiertas por los millones de edificios que oprimen la ciudad.
Sólo mis ojos y mi mente funcionaban, no podía hacer más que mirar y pensar. Todos pensaban que no podía hacer ni siquiera eso. Los doctores creían que era mejor darle final a toda la situación, yo no volvería a comunicarme ni menos a caminar o mover mis demás articulaciones.
Por mi parte, pensaba que esa era la mejor solución, después de todo, no iba a haber mucha diferencia.
Para mis padres fue una decisión difícil, no había forma de convencerles, no fue sino hasta una noche en que mi estado de salud se complicó, que pudieron ver con claridad que mi muerte sería el único remedio ante tan tortuosa situación.
El médico se acerca sigiloso, llora. Mis padres se abrazan, las enfermeras sostienen sus tiaras, el sacerdote habla y habla con los ojos cerrados.
Ahora el médico está junto a mí y me susurra unas palabras, que al principio eran indescifrables, pero que poco a poco fui asimilando. Sostiene el interruptor del respirador artificial y lo gira con lentitud, tiembla y luego llora otra vez, termina su trabajo y la luz que entraba por la ventana se fue apagando poco a poco como en una televisión.
...
Seguía ahí, ya no respiraba, pero sentía mi presencia, escuché los pasos de alguien, debió de ser mi madre, por la lentitud y vacilación en sus pasos, cerró mis ojos.
Entonces vi una luz blanca que prácticamente me quemaba las pupilas, cuando volvieron los colores originales, estaba flotando sobre mi casa, bajaba lentamente, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
No era la fecha de mi muerte, lo pude advertir porque era primavera, ese aroma a flores del ambiente era inconfundible. Estaba de nuevo allí, el lugar donde cometí tantos errores.
La extraña luz me envolvió nuevamente y me transportó a mi escuela, todo allí era igual, nadie pensó jamás que unos meses después estaría en el hospital mirando hacia la ventana.
Podía hablar, caminar, correr y saltar, como en aquella época. Pero ahora tenía una ventaja, conocía casi a la perfección todo lo que ocurriría.
Aproveché al máximo mi tiempo, amé a todos a quienes ignoré o me resistí a querer, sentí todo lo que quise sentir. Busqué cada detalle, el viento, las canciones, las caminatas, la danza, las sonrisas, los besos y abrazos y todo aquello que hace viva a la vida.
Para el momento del accidente, me sentía pleno, no había nada que me faltara por hacer, ese día me despedí de todo el mundo, lloré bastante porque ellos no sabían nada de lo que ocurriría más tarde. Me pedían que no llorara, que no exagerara, mas mi dolor se hacía más agudo al escuchar los "hasta mañana".
Ya en la noche, me acerqué resignado a la calle, que me vió volar por los aires y rodar por los suelos. Pude darme cuenta de lo torpe que fui, o tal vez era mi destino. Allí venía el camión, y ya no hubo más que pensar, caminé mirando hacia el frente, para que no pareciera intencional.
El golpe fue rápido e indoloro, al recuperar la conciencia, estaba nuevamente en la cama del hospital.
Algunos meses después estaba en la misma situación, pero las palabras del doctor me confundieron aún más.
Ahora las manos de mi madre me cerraban los ojos nuevamente, ahora no hubo viaje, pero me sentía feliz, tranquilo.
"Ahora empieza un nuevo viaje".

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