viernes, 24 de julio de 2009

#0043: Teoría del acuario


A lo largo de nuestras vidas experimentamos múltiples y diversos cambios, sin embargo, ante el universo de posibilidades existentes, por lo general decidimos adoptar lo que más nos conviene antes que lo que nos puede garantizar la felicidad con un poco de esfuerzo.

Vivimos en un acuario y cuales peces nadamos siempre en círculos, marcando territorios definidos, imponiéndonos rutinas y acostumbrándonos a cada rito nuevo que aparece.

El vidrio transparente que cubre nuestro entorno nos permite creer que podemos llegar más allá, que podemos salir y renegar de nuestras raíces y de todo lo que hacemos día a día, pero es imposible, ninguno de nosotros tiene suficiente fuerza en las aletas para poder salir, además, romper el acuario significa arriesgar nuestra propia vida y la de los demás peces dentro de ella.

No podemos vivir del aire, moriríamos si respiráramos aire puro, no podemos aspirar a llegar más allá de nuestro reflejo.

Estamos libres dentro de una cárcel de algas y coral, nuestra existencia está resumida a deambular sin destino por todo el inmenso espacio que hay, si se considera nuestro pequeño tamaño. Más grandes o más pequeños, peceras o acuarios, todos comparten algo en común, otorgan seguridad a quien desea estar allí por su propia voluntad e instinto.


Cuando él podía nadar libre, era un mal pez. No compartía, no era respetuoso y quebrantaba la paz y la quietud en el pequeño espacio que compartía con sus hermanos. Un día, decidió escapar y huír lejos, pasando fronteras naturales y también artificiales, para cruzar todo el ancho océano tuvo mucho valor, que por el contrario no tuvo para poder dialogar y comunicar sus inquietudes.

Toda su travesía estuvo rodeada de malos momentos, instantes de miedo, tristeza y soledad, mas era su propia decisión la que lo condujo al escape.

La oscuridad le aterraba, por lo tanto, en el primer segundo que pudo observar una luz, la siguió y no supo más de sí.

Cuando despertó, se encontraba en una pecera, solo, sin nadie que lo acompañara. Al principio, creía que era un nuevo océano, rodeado de nuevos peces, infinito como el anterior. Mas su desilusión fue muy grande al darse cuenta de que no habían más peces allí y meses después al reconocer fronteras definidas como lo eran los cristales.

Descubrió también que sus intentos por escapar serían vanos, que su peso le impedía flotar y que su fuerza era insuficiente para derribar las paredes de su prisión. Entendió entonces cual era su destino, dar vueltas y vueltas en un círuclo vicioso de nunca acabar.

Quería regresar, pero no había remedio...


Muchas veces buscamos nuevos horizontes y nos deprimimos al descubrir que existen barreras que nos impiden desarrollarnos. Es más sano reconocer que esas fronteras, por lo general son impuestas por nosotros mismos y que ante lo que uno crea, sólo uno puede vencerlo.

De nada servirán las quejas si nosotros quisimos escapar de la libertad del océano al encierro de un acuario.

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