domingo, 28 de junio de 2009

#0041: Temor y nostalgia


El miedo que sentía mientras entraba a la casa era tal, que mis pasos se veían temblorosos y torpes, la muchacha me hacía caminar tras de ella, parecía tener prisa, pues me jalaba con fuerza. Recorrimos varios pasillos y subimos por la escalera. Ya arriba, debimos recorrer un último pasillo, el más largo, ella me pidió que no hiciéramos mucho ruido, pero esa petición hacía que mi adrenalina creciera de tal manera que mi pulso cardiaco retumbaba en toda la casa.

La casa, aunque se veía deteriorada, parecía muy bien decorada, en este último pasillo, las paredes estaban tapizadas de fotografías familiares, dentro de las cuales yo aparecía frecuentemente. Ver esas fotos anudó mi garganta a tal punto que le pedí a la muchacha que se detuviera, cuando estábamos a pasos de llegar a la habitación de Dinora.

Ella notó que mis ojos se humedecieron, tomó mi mano y me dijo que la abrazara. En su regazo cálido encontré la cuota de consuelo que estaba buscando, pero no era suficiente. Había dado un paso muy importante, decidí pedir perdón, sin embargo los hechos retornaban a mi mente como flagelos tortuosos.

Luego de un momento, ella me tomó de la mano y me llevó a la habitación al final del corredor.

La puerta estaba entreabierta, la muchacha la empujó y ambos ingresamos a la habitación, yo presentía que la escena me produciría pena y sentía miedo de levantar la cabeza.

Lo hice y pude contemplar durmiendo, tendida en la cama, a Dinora, me sorprendí mucho al ver su rostro, parecía como si hubiesen transcurrido décadas desde que nos vimos en el centro comercial. Lloré mucho, sentía que había llegado en el momento preciso, probablemente no la volvería a ver. Debía decirle lo mucho que sentía todo lo ocurrido, recuperar el tiempo, aunque durase segundos.

Francisca, la muchacha, me contó lo difícil que habían sido los últimos meses, el cáncer ya había invadido múltiples órganos de su cuerpo, lo cual explica su rápido deterioro.

Dinora se movió, estaba despertando. Me senté en la cama, esperé a que ella abriera los ojos, luego le pedí a Francisca que nos dejara solos, era la hora de conversar con ella.

Sus ojos no parecían sorprendidos al momento del primer contacto visual, mas bien parecían complacidos de verme. Con mucho esfuerzo, me dijo:

-Esperaba a que vinieras.

-Espero que no sea demasiado tarde - dije entre sollozos.

-No, nunca es tarde.

Ella sabía que para mí no era fácil dar el primer paso, sin embargo permanecía en silencio al igual que yo. Me costaba empezar, era una jugada difícil, los minutos pasaban y ella no me quitaba la vista de encima. Yo trataba de elaborar frases improvisadas, pero sólo conseguía enredarme y tropezar en los mismos temas recurrentes en conversaciones sin sentido.

De pronto llegó a mí una valentía inesperada para poder comenzar a hablar, tomé su mano y la mire fijamente, pero ella quiso hablar también. Trató de ayudarme y trajo a mi memoria recuerdos que creía haber perdido, no pude evitar sentir nostalgia al volver al pasado por unos minutos.


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