miércoles, 17 de junio de 2009

#0032: Parábola del candado


Cuando bajó de su trono celestial me vio solo y triste, debe ser por eso que levantó mi cabeza, me acarició y me mostró el camino hacia la verdadera felicidad, una gran puerta al fondo del jardín.

Me dijo que la paciencia sería la clave.

Sin duda me sorprendió su obsequio, tan simbólico y lleno de misterio, amaba ese regalo, la felicidad a tan sólo unos pasos, parecía muy fácil.

Corrí raudo hacia la puerta, para mi sorpresa, al estar ante ella reparé en que estaba bloqueada por un pequeño candado cerrado. Me desilusioné de Él... ¿Qué clase de regalo es ese?

Pero recordé sus palabras acerca de la paciencia, me calmé y comencé a esperar, después de todo, si pude postergar mi felicidad por tantos años, no encontré la diferencia en esperar un poco más.

Mi vida entera tuvo por propósito encontrar la felicidad y ahora aún espero alcanzarla, pues el candado sigue cerrado. A veces pienso que la llave la tengo guardada en algún lugar y que mi ceguera me impide ver la realidad, sea cual sea el caso, aún espero.

Y ahí está la felicidad, espero día tras día y sólo el hecho de saber que tras esa puerta está lo que siempre he soñado, me hace despertar cada día con una amplia sonrisa de satisfacción.

Tengo paciencia y fe, mas no se como ocurrirá todo... Porque se que va a ocurrir, Él no miente ni hace promesas en vano, su palabra es divina, y con eso me basta para confiar en lo que Él depare para mi vida.

Es un candado muy frío, yo creo que no le basta con el calor de los rayos del sol, si tan sólo pudiera hablar.
Puede que un día llegue y el candado esté abierto por arte de magia y pueda revelar los secretos que se hallan ocultos tras la puerta.

O puede que el tiempo haga que el hierro se corroa y el candado caiga por su propio peso, rindiendo su guardia ante mi paciencia.
Ese es mi mayor anhelo. No se trata de abrir la puerta, sino de vencer al candado para lograrlo. En este minuto, esa cerradura actúa como coraza de mi propia felicidad...

Dios nos da las oportunidades suficientes y justas para que podamos desarrollarnos, nos otorga los candados, pero no nos da las llaves. Somos lo suficientemente fuertes como para determinar cual es nuestro camino a la felicidad. Cualquiera que este sea, nos será difícil llegar a su fin, pero vale la pena intentarlo y equivocarse sobre la marcha.

Por lo pronto, despertaré cada dia con la misma sonrisa y me dirigiré a revisar si el candado sigue ahí, cerrado como ayer. No vale la pena que ocupe la fuerza, seguiré el consejo y tendré paciencia, mañana será otro dia.

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