domingo, 3 de mayo de 2009

#0012: Parábola del desierto


Un día desperté con ganas de crear, sentía envidia, los demás ya habían creado, y yo no podía ser menos. Crear es dar vida, por amor. Yo no lo hacía por amor, sino por rencor, por odio.

Creé un valle, pleno de ríos plácidos y cascadas que venían desde el cielo azul, palmeras que abanicaban el aire, nada podía perecer en las tierras fértiles que abrigaron mi alma del frío de los polos y del calor del desierto.

No amaba lo que había creado, por lo que no lo cuidé, ni menos lo cultivé, no sentía una verdadera responsabilidad sobre ese espacio.

El resentimiento surgió del centro del valle como una brisa gélida, todo se congeló, era frío que soplaba en mi corazón para mal de mis propósitos. Quería ostentar, pero estaba hundiéndome, y me sentía mal , yo quería algo que fuera únicamente para mí, todos los demás tenían su propio valle, y yo no quería quedarme solo.

Entonces, cuando ya todo estaba en hielo, decidí construirlo todo desde esa base, siendo frío, calculador y distante, todas las criaturas sufrieron, por mi voluntad, los amaba tanto o tan poco que los hice sufrir, pero Dios miró hacia abajo, movió su cabeza de izquierda a derecha repetidamente, Él lo había comprendido...

Hizo correr a las nubes y guardó el frío en su alma para hacerme entender, los rayos de sol brillaron y todo el hielo se derritió, luego de eso, pensé que todo volvería a brotar, pero el sol mató demasiado rápido a lo que había creado y lo convirtió en arena, yo lo observaba todo y lloraba, pero las lágrimas fueron absorbidas rápidamente por la arena.

Y todo fue desierto, estaba solo, y no podía hacer nada, me detuve y sentí el viento gélido otra vez, en la noche...

Y me volví arena también...

No hay comentarios:

Publicar un comentario