viernes, 10 de enero de 2014

#0078: ¿No?

¿A quién miento? ¿Me miento? Estoy Nervioso, con mayúscula, porque es más del nerviosismo habitual. Entro en trances histéricos y neuróticos, escépticos incluso, cada vez que se desordena mi sistema. Es como derrumbar un edificio y pretender recuperar su esplendor en pocos meses de obra. Y tropiezo de nuevo con el carácter efímero de mi vida... de La Vida. Quisiera que las horas avanzaran más rápido, ¿o es más lento? No, no... Rápido, con mayúscula, porque no puede ser la velocidad habitual, ni la rapidez habitual, que se rellena con un juego de mesa, un cigarrillo, una taza de café de máquina. 

Mis intentos por hacer de esta espera algo agradable son inútiles, no avanzan los minutos mientras escribo, ¿o lo hacen? ¡Qué más da! No me sirven los minutos, necesito que una hora de reloj se adelante y llegue en este momento. Escuchar el timbre, correr con torpeza a buscar mis llaves, que nunca recuerdo donde están. Un momento... he de dejarlas en la Mesita, con mayúscula, para no olvidarla. Bueno, sé que no las encontraré de todos modos. Mi mente deja de pensar cuando sé que esperas afuera, tal como yo espero ahora, tal como esperas tú, durmiendo quizás. El asunto es que llegarás... ¿y si no lo haces? No, llegarás, porque algo me lo dice, seas portador de buenas o malas noticias, llegarás. Lo sé.

Abriré la primera puerta, vigilando no verme tan mal, para la primera impresión en días, te veré mirando a otra parte y estarás ahí, no muy abrigado, no muy cubierto. Me mirarás con tus Ojos, con mayúscula, porque no son de este mundo. Me acercaré fingiendo que dormía, siendo un poco torpe, más de lo habitual. Abriré la segunda puerta, solo entonces comenzará mi real dolor, la incertidumbre. Pasarás por la puerta anterior, sé que esta vez no te ocultarás tras ella para darme un susto y taparme la boca con un beso. Solo esperarás a que yo entre... Desde ese momento, no sé qué será de mi vida.

Propondré un final. Nos sentaremos a beber una taza de café, como prometí. Nos sentaremos un poco alejados, porque ya no es lo mismo de Antes; con mayúscula, porque todo tiempo pasado fue mejor. Hablaremos de cosas sin sentido, solo para ejercitar la dicción... el clima, qué hiciste, qué hice, el clima, el trabajo, el clima y el clima otra vez. Fingiré que no te miro tanto, pero en cuanto voltees solo te miraré como nunca lo hago, silente. Mirarás y fingiré de nuevo, solo porque he ensayado esa frialdad. Llegaremos a lo Nuestro, con mayúscula, porque es importante. Dirás lo tuyo, callaré. Diré lo mío, callarás. Contrapreguntas, un debate que parecerá no tener fin. Y de pronto, solo habrá Silencio, con mayúscula porque será inmenso. 

Todo terminará, solo en apariencia, porque en secreto, queremos otro final. Un verdadero Final, con mayúscula, porque marcará un hito. Será el final de esta espera, que en un tiempo ridículo, me ha tenido de cabeza contra las paredes, estoy Nervioso.

Uno que se levanta, el otro también. Nos miramos aún en silencio y solo, pedimos perdón. Y ante la mirada de misericordia del otro, hemos de sellar en un beso la más bella de las reconciliaciones. Y haremos como que la taza de café jamás existió, fingiré que esperabas tras la puerta para darme un beso de película, de esas películas antiguas, en las que el beso iba solo al final, para coronar la atracción y el heroísmo de los protagonistas.

No importa qué pase después, solo sé que será maravilloso... Es que, te Amo; con mayúscula, porque aunque no es la única verdad que conozco, es la única que necesito.
Solo dime... ¿Sí? o... ¿A quién miento? ¿Me miento? No tengo otra opción para ofrecerte.

miércoles, 1 de mayo de 2013

#0077: Feel again

En estos días ya casi no tiene sentido mirar al cielo, a veces nublado, a veces no. El cuerpo se cansa de intentar mantener la cabeza inclinada y dejarse cegar por el blanco resplandor de lo alto. Mirar en ese vacío y construir un futuro imaginario, dar vueltas una y otra vez a planes que tienen sentido solo en el ímpetu, en los anhelos adolescentes y torpes.

Comienzo a escuchar una canción que da vueltas hace mucho en mi vida. Me dice lo que estuvo bien y lo que no fue así. Me llama a cambiar algo de mí que finjo no conocer. Un llamado a la inseguridad.

La música inunda mis oídos y parece una sinfonía que se mezcla con lo electrónico, como ese sentimiento que se cree es amor y luego resulta ser solo la representación frenética de un mal recuerdo que se repite como una cinta vieja en un proyector ruidoso.

Cada paso caminado me transporta lentamente a la vida que creí olvidada, a los momentos más oscuros, pero más cercanos a a luz, a la verdad. Si quisiera mirar atrás con detención podría no reconocerme y ese temor se aloja como un parásito en mi mente.

Una canción que me dice lo que necesito entre vocales cerradas. Un sentimiento tal vez, una emoción que dure un segundo. La respuesta más clara a mis dudas, un 'no' rotundo que me cueste la vida. Un 'sí' que me deje inconforme. Un relativo que me mantenga calmado y nervioso, relativamente hablando.

La música avanza a un coro que me invita a ser parte de mí mismo, a ser consecuente con cada decisión que no tomé, o a retractarme de aquellas que significaron solo dolor y apariencias. Muchos se preguntan el verdadero significado de estar en el medio de algo, entre dos caminos que parecen idénticos, pero que representan lo contrario, felicidad y culpa mezcladas.

El deseo de pender, de dejarse caer en unos brazos que acojan, dejarse llevar, morir en los brazos... La eterna sonrisa de mi mente y mis ojos ante el mundo, el poco valor... La falta de iniciativa, incluso ante mis propios estímulos. Ese deseo, torpe y adolescente, pero puro...

Sentado en el puente entre la quinta y la sexta espero llorando ese último coro, que parte del silencio sepulcral, ese silencio imbécil que no te deja pensar en nada más que en el mismo silencio, silencio, silencio... Tomar impulso y a la cuenta de tres... ¡Tres! Lanzarse al vacío pensando en las dos opciones que me deja la memoria... 

¿Es esto un vaiente salto en bungee o es un cobarde suicidio? ¿Ambas? ¿Ninguna?

Sea el dolor, quiero sentir de nuevo.

jueves, 4 de abril de 2013

#0076: Réquiem I


Recuerdo una casa grande, más grande que yo y que muchos. Una casa que no tenía techo, ni paredes, sin colores o tal vez con todos ellos. Mi memoria juega con los pensamientos y me hace creer que era todos los lugares en uno solo y al mismo tiempo era un hogar.


Difícil es describir un hogar así, tal vez era del tamaño de un ladrillo, o podía construirse con muchos de ellos. Sin duda ese hogar, aquella gran casa, estuvo tapizada de sueños. Sueños en común, sueños particulares, un par de pesadillas y otros sueños demasiado privados que estaban bajo la alfombra, si es que la hubo, de una vieja y polvorienta, o nueva y reluciente sala de estar, o no estar.

Con todo o nada de lo que había, la libertad era absoluta, caminamos y corrimos sin miedo de tropezar o caer. También tropezamos y caímos sin apuro de volver a caminar o correr. Una cosa a la vez. 

Y crecimos casi a la par, aprendiendo el uno del otro y el otro del uno. La izquierda y la derecha se unían en un devenir infinito y no hubo espacio sin recorrer. Las manos al centro, una sobre la otra: la que da, la que recibe, tres aplausos y un apagón. 

El tiempo pasó, y la falta de límites se hizo presente. Mis piernas buscaban descanso y mi mente cansancio, mis ojos las letras, mis oídos el silencio. Abandoné el hogar y caminé hacia la luz. Un primer paso tambaleante, otro con fuerza, dos silenciosos, diez plenos de ruido. Abriendo camino por selvas, montes y praderas, fría estepa y árido desconsuelo. 

El tiempo se detuvo, y todo fue perfecto. Como un círculo, como una gota de agua, como un punto en el audaz eje de las emociones. Mis manos, mis piernas, mi cuerpo estaban en perfecta armonía, como cuando se está en el umbral, casi durmiendo. 

Y la libertad llamaba a la puerta, porque los límites también cansaban, a mi espíritu, a ese aliento que me hace pensar en la trascendencia, en aquello que siento que no morirá con el cuerpo. Era hora de volver.

Tormenta en el árido desconsuelo, ahogo en la fría estepa, praderas, montes y selvas se volvían obstáculos imponentes al dolor de mis músculos agarrotados y muertos. Diez pasos de ruido, seguros; dos silenciosos, vergüenza; un paso con fuerza, dolor y un paso tambaleante, llegué. Una escalera me separa de mis sueños y cada peldaño es una yaga, mi nerviosismo se traduce en lágrimas. Me detengo y lo pienso dos veces. ¿Es lo que quiero? ¿Quiero realmente encontrarme con una verdad que ya conozco? El masoquismo responde.

Mi hogar, que parecía infinito, ya no estaba en su lugar, no lo reconocía. Los rostros eran casi en su totalidad conocidos, pero todos los sueños tapizados y los que busqué debajo de la no-alfombra, no estaban. Cada uno había tomado el suyo y lo restauró, se hicieron uno solo y volvieron a tapizar con su presencia el hogar, con la intención de salir a repartir el fruto cosechado. 

Cómo no extrañar el crecer al mismo tiempo, compartir las ovaciones y sentirse parte de algo más grande que uno mismo. Cómo olvidar cada segundo de cansancio, cada gota de sudor sobre la cerámica blanca y un viejo escenario que recibe la sangre como ofrenda de tanto talento. Cómo resignarse, y lo pregunto para que alguien me responda: ¿Cómo resignarse a la pérdida del rumbo, a transformarse en uno menos y no en uno más? La única respuesta la conocí hace un par de días...

Mi tapiz se desvaneció, se volvió polvo que el viento arrastró. Una sombra siquiera hubiese bastado, pero no quedaba nada. Como aquello último a lo que uno se aferra en caso de emergencia, ese pedazo de cielo, estaba muerto.

Mi mayor temor se hizo realidad, y recuerdo nuevamente cuál es. Salir un día y volver, solo para encontrarme con una casa vacía. Observo el apagón en todas sus direcciones, a falta de otras, junto mis propias manos, aplaudo tres veces... Y sigo aquí, a oscuras.